Aguascalientes, MÉXICO
Si, como pronostican los brujos, ya está cantado que el PRI ganaría la elección de 2012 con quien hoy es su candidato presidencial más potente, las grandes interrogantes entonces son si tal determinismo hace necesaria una campaña o bien sobre qué pueden girar la discusión, la polémica y las opciones ante un escenario que de tan bello parece irreal.
La primera pieza del rompecabezas es el mapa mental del presidente Calderón al respecto. Partamos de una hipótesis: el regreso del PRI sería para Calderón no sólo una derrota política, sino también una afrenta emocional y un agravio moral. Está convencido de que el primer gobierno genuinamente panista es el suyo y que no llegó tan sólo para administrar el Poder Ejecutivo, sino también para emprender una cruzada que ponga a este país en el buen camino. Entregarle la estafeta a un priista es un evento que sencillamente no cabe en su código genético.
Con las dificultades que está enfrentando para ensamblar por ahora una alianza multipartidista, a Calderón no le va quedando más remedio, por tanto, que tratar de descarrilar, como sea, al principal aspirante priista. Esta opción supone, por ejemplo, construir un escándalo que sea letal para éste; usar la información disponible (y teóricamente los gobiernos tienen mucha) para dinamitarlo en campaña; llegar eventualmente a un tipo de acuerdo con figuras clave de otros partidos dispuestos a la traición, o bien una combinación de todo esto.
La segunda es el contenido de la campaña. La presidencia panista parece estarse preparando para probar que sus resultados son mejores que los de los gobiernos del PRI, y en este sentido intentar cambiar estilo por sustancia en la campaña de modo que le inyecte cierta densidad a una propuesta panista hoy debilitada en las encuestas.
La presentación del secretario de Hacienda en la convención bancaria de la semana pasada, contrastando las cifras de los gobiernos del PRI de 1970 a 2000 y del PAN de los últimos diez años, es un ejercicio habilidoso que va en esa dirección.
Y el tercer elemento no es salvar al PAN, sino evitar la reinstalación del PRI en la Presidencia. Es decir, hacer que la campaña gire en torno a una narrativa básica, casi emocional, que mueva al electorado hacia una especie de selección adversa: no quién debe ganar, sino quién no debe volver.
Está por verse si funciona, desde luego, pero es claro que recurrirán a lo que los expertos llaman “transmedia”, es decir, generar una mitología detallada y transmitir un mensaje a una audiencia masiva a través de múltiples plataformas.
Para efectos de lo que realmente afecta la vida del ciudadano o puede hacer la diferencia para el país en los próximos años, nada de lo anterior importa realmente un comino, porque más bien depende de la visión, las políticas, la eficacia y la capacidad, todo lo cual sigue siendo, por cierto, la gran incógnita. |