1)
Era la mañana del 8 de mayo de 1990. Poco después de las 9.20, apareció en el cielo un pequeño punto que se acercó poco a poco hasta distinguirse claramente la silueta de un avión de Aeroméxico, que aterrizó normalmente en la pista del aeropuerto Aguascalientes, trayendo al Papa Juan Pablo II y a sus acompañantes.
Cerca de 700 mil personas, según la estimación de los diarios locales (un poco menos de la población total que tiene en la actualidad el municipio de Aguascalientes), esperaban pacientemente en la explanada frente al edificio terminal. La mayor parte de ellas habían llegado desde el día anterior en medio de una pertinaz llovizna, y algunas tuvieron que caminar más de tres kilómetros desde el lugar donde pudieron dejar sus vehículos. Venían no solamente de nuestro estado, sino de las poblaciones y de los estados vecinos: Zacatecas, San Luis Potosí, Guanajuato, Jalisco…
A pesar de las incomodidades, esperaban con ilusión la llegada del primer Papa que visitaba nuestra tierra.
Fue una visita breve, poco más del tiempo que lleva hacer escala en el aeropuerto para cambiar de transporte, y en lugar del avión que lo trajera desde la Ciudad de México, abordar un helicóptero de las Guardias Presidenciales que lo llevaría a San Juan de los Lagos, en el vecino estado de Jalisco, para visitar a la Señora, a la Madre de Dios que se venera en ese lugar.
Fue una visita breve, pero muchos aún recuerdan vivamente aquellos momentos y aquella voz grave, tan grave como afectuosa, que hablaba directamente y en primer lugar al corazón al decir que “vuestros saludos y vuestro afecto confirman la fama de acogedor y hospitalario que distingue a nuestro pueblo. Son éstas cualidades características de vuestro espíritu que habéis sabido comunicar a todos los que, procedentes de otras partes del país, han ido incorporándose a la vida de vuestra región”.
Aunque luego en sus palabras, apelaría a la razón y a la responsabilidad de cada uno: “Los valores humanos y cristianos presentes en este continente están llamados a liberar todo ese potencial civilizador que aún no se ha manifestado plenamente. Por ello, la Iglesia, movida por su vocación de servicio al hombre, se siente comprometida a promover y fortalecer esa identidad.”
2)
Era el 2 de abril de 2005. Millones de personas en todo el mundo y desde luego que también en nuestra región, estaban pendientes de las pantallas de TV y de los aparatos receptores de radio. La atención del mundo estaba en las ventanas superiores de la parte izquierda de un edificio frente a la Plaza de San Pedro. El Papa Juan Pablo II vivía sus últimos minutos, luego de haber dado ejemplo de fortaleza y de responsabilidad en los últimos años.
Los partes médicos y las especulaciones de los comentaristas llenaban los espacios de los medios en aquella mañana en Aguascalientes, mientras la tarde caía en la ciudad de Roma.
Eran las 9 de la noche con 37 minutos en la capital italiana y aquí pasadas las dos de la tarde, cuando los flashes noticiosos de las agencias y los comentaristas de los medios dieron la noticia y la confirmaron minutos después: Juan Pablo II había fallecido.
Atrás de aquellas últimas palabras (“Dejadme ir a la Casa del Padre”) quedaban 26 años de un intenso pontificado, millones de kilómetros recorridos por todo el mundo, miles de millones de personas que lo habían visto en persona o en las pantallas de la TV, un mundo diferente en lo social, en lo político y en la concepción que tenía del catolicismo.
La inmensa Plaza de San Pedro comenzó a llenarse del pueblo romano y de los visitantes que se acercaban para acompañar al Papa. Y comenzaron a escucharse los gritos en italiano que decían ¡Santo, súbito!, ¡Santo, pero ya!.
En las horas siguientes, las filas para entrar a despedirse del cuerpo de Juan Pablo ocuparon kilómetros y decenas de miles de personas esperaron muchas horas para volver a ver la sonriente cara del polaco, que en los últimos años se había vuelto un tanto inexpresiva a causa de la enfermedad.
Pero la proclamación de la indudable santidad de Karol Wojtyla no se hizo de inmediato, ya que la Iglesia tiene sus condiciones y sus tiempos establecidos antes de declarar que una persona puede ser puesta como un ejemplo de vida cristiana.
El proceso para declararlo santo comenzó prácticamente desde entonces, aunque fue necesario que transcurriera cierto tiempo para que formalmente se abriera la causa.
3)
La mañana del primero de mayo del 2011, Juan Pablo II volverá a llenar la Plaza de San Pedro, y las pantallas de la TV mantendrán pegados a cientos de miles de católicos y no católicos en todo el mundo: el Papa polaco será declarado Beato, que de alguna manera certifica ya su vida santa, pero que de alguna manera también es un paso previo a ser declarado Santo.
Y como lo ha hecho en anteriores ocasiones, Juan Pablo II volverá a hablar al corazón y a la razón de los mexicanos y de los aguascalentenses y nos dirá “¡No tengáis miedo!”, y “¡México, siempre fiel!”. |