Con raras excepciones, todos se quejan de los políticos. La exaltada sociedad pide que se vayan, que los reemplacen los —así llamados— ciudadanos, que desaparezcan los partidos y que, como dijera el oráculo del sureste, las instituciones se vayan al diablo. Las encuestas los ponen en último lugar de confianza pública. La comentocracia tampoco deja títere con cabeza y florecen en librerías de aeropuertos y cafeterías panfletos inflamados llamando a la rebelión para —oh Dios, qué cursilería— recuperar el país y quitárselo a los políticos.
El resultado es que la profesión de político está en desgracia, la mala reputación es casi total y estamos en un círculo vicioso: los buenos no quieren entrarle a la política y la política no mejora porque no le entran los buenos.
Si se trata de prestigio, la gran mayoría piensa que todos los políticos son corruptos y haraganes, que son indiferentes al ciudadano, que incumplen las promesas y no les importa el país.
Si se trata de hacer carrera profesional, la meritocracia brilla por su ausencia, salvo en algunas áreas. El nepotismo ha resurgido por sus fueros y los cargos políticos o candidaturas se distribuyen no entre los mejores sino en función del gremio, sindicato o grupo al que se pertenece.
Si se trata de preservar una cierta vida privada, no hay límites legales, éticos o morales que valgan en el olimpo mediático y la demencia de los cibernautas, que deciden donde empieza y termina la intimidad de las personas públicas y hacen del insulto, la injuria y la calumnia la norma.
Y si trata de hacer dinero, a menos que se viole la ley, lo que ocurre todo el tiempo, no hay forma de construirse un retiro muy decoroso porque, en promedio y para niveles de responsabilidad equivalentes, los salarios en el sector público son menos competitivos que en el sector privado, y porque el populacho, obviamente, está negado para discutir racionalmente este punto.
Mucho del rencor hacia los políticos, ciertamente, es más que merecido.
Pero como toda unanimidad es siempre sospechosa, hacer tabla rasa y afirmar alegremente que nadie se salva, que no le entren a la política, que no hay uno bueno, que todos son malos y corruptos, y que los santos, puros y castos están solamente en las ONG´s o en el Opus Dei o en páginas y programas de opinión, no solo es mentira sino que es suicida porque provoca que personas honorables, altamente competentes y capaces, comprometidas con principios positivos, y deseosas de hacer que las cosas cambien —que las hay y en mayor cantidad de lo que se piensa— rechacen entrar a la vida pública, y entonces dejan, por default, el campo libre a pillos, simuladores y vivales, que abundan hoy en el escenario político.
Es urgente estimular a los buenos a hacer política, a entrar a la vida pública, a luchar porque las cosas mejoren. |