Llama la atención que ninguno de los precandidatos presidenciales haya ofrecido su visión detallada acerca de la política internacional y del papel que México debe jugar en el mundo.
Una explicación es que no tengan mucho que aportar porque los temas domésticos son más comprensibles; la otra es asumir que, sencillamente, México ha desaparecido del mapa político global (no obstante que en 2012 asumirá la presidencia del G-20, el grupo de las principales economías) y en consecuencia no hace falta ocuparse del tema.
Pero el extravío no es menor. Para un país cuyo comercio exterior equivale al 58% de su PIB, que ha recibido en la última década unos 25 mil millones de dólares anuales de inversión extranjera directa y que tiene acuerdos comerciales con un número de países que representan el 75% del producto mundial, lo que pasa afuera importa. Sólo hay que ver la crisis financiera, los desafíos de la seguridad energética y los temas ambientales para darse cuenta de que, en efecto, hay un mundo más allá de los comederos de la Ciudad de México.
Más aún: como el PAN, haciendo honor a su tradición cerril y provinciana,ha arrumbado la diplomacia profesional, activa e inteligente en el desván, México ha perdido relevancia internacional, sus relaciones bilaterales se han desdibujado, su capacidad de influencia multilateral es mínima y a veces irrelevante, y parece haberse disuelto incluso del imaginario regional. El más reciente Latinobarómetro, por ejemplo, muestra que la mayor parte de la población latinoamericana siente que Brasil es el país de la región que ejerce más liderazgo y una influencia más amistosa. Otros análisis, y el sentido común, sugieren que en los próximos años Colombia y Perú serán las naciones que darán la nota positiva en este lado del planeta.
Podría especularse diciendo que finalmente México ha elegido un camino pragmático que consiste en redefinir, modernizar y volver más ambiciosa su relación con Estados Unidos. Pero tampoco es así.
De hecho, a estas alturas, México no es visto en la Unión Americana como un aliado en el diseño y la ejecución de una agenda integral de futuro (ni Calderón como un líder constructivo) sino como un problema de seguridad nacional que, además, se agravará en tanto la aún superpotencia reduzca su presencia en las zonas más conflictivas de Medio Oriente. Y pensar en Europa como alternativa de diversificación política o económica es, en estos momentos, simplemente irreal.
Por ende ¿cómo, hacia dónde y con quién va a hacer México su política exterior en una próxima década que se antoja turbulenta, incierta y con un claro desplazamiento hacia las nuevas zonas de dinamismo económico e influencia global?
Ésta, insisto, no es una discusión trivial. Supone primero un entendimiento más o menos sofisticado de los escenarios internacionales a corto y mediano plazos y, después, una definición política acerca de dónde debe estar México y por qué. Nada más, pero nada menos tampoco.
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