A estas alturas no tengo idea de cómo van a terminar las tensiones, bastante naturales por cierto, al interior de los partidos por las candidaturas presidenciales. Pero el morbo mediático usual en estas circunstancias ha desplazado por completo la pregunta fundamental: ¿de qué se trata la elección de 2012?
Más allá de encuestas y aspirantes, cuando se tiene un sistema político imperfecto pero razonablemente competitivo hay dos formas de acercarse a la naturaleza de una elección. Una es simplemente quedarse en nombres y trayectorias, y otra es examinar las ideas que tienen para gobernar. Las ideas, no los lugares comunes.
Pero cuando la sociedad no las conoce, la hoja de vida es insuficiente y se pierde un elemento crucial para la calidad democrática que es la oportunidad de elegir a partir de definiciones programáticas concretas.
Véase por ejemplo el dilema de cómo acomodar la política económica en un contexto en el cual el país ha sorteado la prueba de la estabilidad macroeconómica y de la apertura comercial pero estamos en un ciclo muy delicado y complejo de la economía global. ¿Qué piensan al respecto los precandidatos? ¿Cuál a su juicio es el margen de maniobra con que cuenta México y en especial el gobierno federal? ¿Qué haría muy diferente votar por uno o por otro en este sentido?
Otro: la encuesta 2011 del INEGI sobre seguridad pública es un espejo aterrador. El año pasado hubo más de 17 millones de víctimas, la mayor parte de ellas de entre 20 y 29 años. En 36% de los hogares hubo al menos una víctima de delito. Se cometieron casi 23 millones de delitos; en 92% de ellos no hubo denuncia ni se inició averiguación previa. Pregunta: ¿qué sienten realmente los aspirantes a la presidencia cuando ven estos datos? ¿Qué tanta claridad tienen en verdad como para afrontar eficientemente este drama?
Y uno más: la educación. El país ya alcanzó un elevado porcentaje de cobertura; el gasto público total es de alrededor del 7% del PIB; el tema está ya en cualquier agenda. Pero los resultados son pésimos en términos de calidad, pertinencia, excelencia y, sobre todo, en convertir la educación en instrumento fundamental para la vida y el desempeño laboral exitosos. ¿Nos puede decir con precisión qué va a hacer en este terreno quien gobierne a partir del año próximo?
Es suma: ¿quién puede comprometerse, digamos, a que la economía crezca a una tasa media anual del 6% en el sexenio, a reducir a la mitad las cifras de víctimas y delitos o a disminuir el número de pobres de los 52 millones actuales a, por ejemplo, menos de 40?
Me parece que todo esto puede y debe discutirse desde ahora para establecer los términos de la campaña y la elección, y son las cuestiones que verdaderamente importan. Sobre ellas, sin embargo, no hemos todavía escuchado nada. |