Como era predecible, la estrella mediática de la semana esperó el tiempo suficiente para su puesta en escena.
Primero rehuyó olímpicamente entrar al fondo del problema si violó principios éticos, si cometió una bajeza profesional, si puso en el acusado la carga de la prueba y no, como marca la ley, en los acusadores. Luego se colocó en el cómodo pedestal del “yo o la represión y la censura” ante el despido, y, finalmente, le concedió a la empresa, beatíficamente, la posibilidad de arrepentirse, de hacer su acto de contrición.
Pero el episodio es menos rutilante porque, diría Brecht, “pobres de los países que necesitan héroes”. Veamos.
Las fronteras éticas, el uso de fuentes, la diseminación de rumores incomprobables o la editorialización de la información son arenas movedizas en el periodismo; se cometen a veces errores, excesos y abusos, y quizá la mejor manera de entender alborotos como el de estos días y desde luego las formas adecuadas de enfocarlo es mediante la contrastación.
A finales de enero, por ejemplo, un colaborador de la edición digital y que en ese momento encabezaba una campaña publicitaria de El País afirmó en Twitter que el Holocausto había sido “un montaje”. Aunque lo hizo a título personal, al parecer bromeando, y desde su cuenta, El País consideró “inaceptables e incompatibles con su línea editorial los comentarios vertidos”, ofreció disculpas, suprimió el blog del colaborador y en su último post éste escribió: “pido disculpas por el dolor que está causando mi tweet. Quiero aclarar que ni soy antisemita ni negacionista… Lo siento”.
Hubo reacciones en favor y en contra del cese, lo que motivó al director del diario español, un antiguo corresponsal en México por cierto, a reiterar sus argumentos: “hay límites que no se pueden traspasar, y en este caso, los chistes superaron claramente la línea roja. No tienen defensa posible. Constituyen un insulto a los judíos y a cualquier persona honesta. En el humor, habrá cuestiones en las que se pueda discutir dónde está el límite, pero con las expresiones utilizadas en esta ocasión sobre el Holocausto, una tragedia que costó la vida a millones de personas, no se pueden mantener ambigüedades. Hay una línea moral que El País y sus lectores tienen muy clara y que se ha traspasado. Con el cese de la campaña hemos querido disolver cualquier duda que pudiera haber al respecto y ofrecer disculpas a quienes se hubieran sentido ofendidos”.
Toda proporción guardada, desde luego, hay cosas inadmisibles. En el follón de moda, la conductora de MVS debió haber controlado mejor las fobias y odios que la llevaron claramente a un abuso periodístico. Pero cometido el error, habría sido mucho más honorable, digno y elegante reconocerlo.
Además de ejercer el oficio periodístico con absoluta libertad e independencia, sería bueno hacerlo con estándares más elevados de profesionalismo, rigor y decencia. Entonces sí, todos saldremos ganando. Carmen Aristegui |