Es bien sabido que la historia la escriben los vencedores y que por lo tanto la hacen a su conveniencia y gusto. Esto de ninguna manera ha sido la excepción en nuestro país, y se puede decir que en esto de tergiversar y acomodar los hechos, somos bastante buenos.
Con motivo del Bicentenario del inicio de la gesta de Independencia, que tanta promoción ha recibido por parte del gobierno, resulta interesante ver el énfasis en los héroes, por llamarlos así, “oficiales”.
Nombres como Hidalgo o Morelos son intachables, no hay nada que decir sobre ellos, como no sean cosas buenas, aunque a fin de cuentas como seres humanos no están exentos de las debilidades propias de nuestra naturaleza. Conocidos son los devaneos amorosos de nuestros prohombres y sus arrebatos derivados de tales propensiones. Dejando eso de lado, habría que entrar en otra faceta de su pensamiento, que nos los puede mostrar mejor y así tratar de interpretar su pensamiento con respecto al movimiento de independencia.
Entre Hidalgo y Morelos existe una diferencia fundamental, el primero conservaba la idea de la supeditación a la Corona Española, en su proclama o “grito” de Dolores se mencionó con claridad a Fernando VII como cabeza de la Nueva España. Mientras que Morelos con un pensamiento más evolucionado vislumbró una America independiente de España, dejándolo claramente por escrito en “Los Sentimientos de La Nación”.
El enorme mérito de ambos próceres es innegable, pero también la culminación del movimiento tiene su gran mérito, si bien es verdad que la descomposición del modelo social y económico colonial permitió la independencia de las colonias, el haber captado el momento preciso del cambio de modelo, corresponde a la genialidad de Agustín de Iturbide.
La debilidad de España y sobre todo la carencia de talento de su gobierno, permitieron que al último de sus representantes, Juan O´Donojú, fácilmente lo envolviera y le hiciera ver lo estéril de su papel en México y el innegable término de la colonia. Su talento político le permitió ver que el fin se acercaba y que no había líderes capaces de tomar el poder vacante. Cuando negocia con Guerrero y adhiere a su causa a varios otros cabecillas rebeldes, vislumbra su próximo futuro. Sin embargo, en el ánimo de Iturbide aún estaba presente el peso de la Corona Española y a través de un muy allegado suyo, diputado a las Cortes de Cádiz, mantenía la subordinación y pedían un miembro de la casa de los Borbones para gobernar a México, pero la inestable monarquía no supo dar una respuesta, afortunadamente para México.
En febrero de 1821 con el Plan de Iguala, se especificó claramente la independencia de España, pero insistiendo en el regimen monárquico, que aún pretendiendo que fuera moderado, estaría representado con un Borbón. Seguramente en su fuero interno, al formar el Ejercito Trigarante, sabía que esta era su arma definitiva para tomar el poder, ya que la posibilidad de un miembro de la familia real era remota. Las operaciones militares fueron creciendo en éxito al grado de provocar un cambio en la cúpula de gobierno, con la renuncia de Juan Ruiz de Apodaca, lo que evidenciaba el desmoronamiento del sistema.
Con la llegada a Veracruz del nuevo virrey O´Donojú, que siendo avisado por Iturbide de la realidad, aceptó dialogar con él en la ciudad de Córdoba, donde se firmaron los “Tratados de Córdoba” el 24 de agosto de 1821 y el 16 de septiembre el mismo O´Donojú anunció la terminación de la guerra. Con lo anterior, la entrada del Ejercito Trigarante se llevó a cabo el 27 de septiembre del mismo año.
Es de realzar que el nombre de trigarante proviene de los tres principios básicos del movimiento, “religión, unidad e independencia”. Hábilmente Iturbide formó la Junta Provisional Gubernativa, formada a dedo en su gran mayoría por antiguos realistas y unos muy pocos insurgentes, preparaba ya su nombramiento de emperador.
En la Junta se discutieron todo tipo de proyectos, pero la clara tendencia era la de repetir en cierto modo el modelo monárquico, pero dada la ruptura con España, la oportunidad se le presentó a Iturbide de convertirse en el salvador de la naciente nación, del caos que la amenazaba, lo cual no era del todo mentira. La noche del 18 de mayo de 1822 se le proclamó Emperador con el nombre de Agustín I, y fue coronado el 21 de julio. Lo que siguió en su breve puesto, bien puede calificarse de boato y despilfarro absurdo, la creación de una corte imperial carente de sentido y que chocaba con la austeridad de la de los virreyes, molestó a la población. Sus pretensiones de grandeza le perdieron y en corto plazo le impidieron ver la realidad del país.
El espíritu republicano estaba apoyado por los pensadores de avanzada, que no iban a permitir una segunda versión del sistema del que se habían liberado. Iturbide quedó olvidado por la historia oficial y visto como un mal pasaje de la vida de la nación, su fusilamiento en 1824, permitió su fácil olvido y sus restos depositados en la Catedral Metropolitana, durmieron en el olvido. El día 27 del presente, asombrosamente se le rindieron honores en ese templo, todos lo habremos visto por los noticieros televisivos. Evento sorpresivo y que quizá marca el inicio de una nueva manera de ver nuestra historia, a fin de cuentas el fue el genio político que supo orquestar a todas las facciones en pugna y aunque sea acusado de veleidoso, sentó las bases de lo que hoy es México. Honor a quien honor merece. |