Por Carlos Fonz
Uno de los temas que más espacio ha ocupado en los últimos años en los medios de comunicación y que se ha vuelto comentario obligado en las conversaciones entre madres de familia es la creciente preocupación mundial por los niveles de obesidad infantil.
Según estudios estadísticos globales, el sobrepeso y la obesidad en edades tempranas ha registrado un impresionante incremento en los últimos años aún en los países asiáticos, que se consideraban inmunes a este mal occidental.
La obesidad infantil es más grave en las sociedades avanzadas de Occidente y sociedades como la nuestra que, sin ser avanzadas, copian modelos de comportamiento de los países ricos.
Es evidente que desde hace años, los niños de entonces y que ahora son adolescentes, disfrutaban de los programas y series de TV producidas en los Estados Unidos, y veían a los estándares de consumo de aquellos países como algo deseable y símbolo de un status de avanzada y bienestar. Pero junto con lo que de positivo puedan tener esos estándares, se coló también la imagen de niños que, en ausencia de sus padres, tomaban el teléfono para ordenar una pizza, o que se compensaban de alguna frustración comiéndose completo el bote de helado que había en el congelador, o que al salir de las escuela se detenían para comer una hamburguesa doble con queso y una bolsa de papas a la francesa bañadas en catsup, para rematar con una rebanada de pastel de limón y medio litro de refresco.
Nuestras autoridades educativas y de salud han endurecido la normatividad para que en las escuelas y colegios de México no se vendan ya alimentos chatarra. Sin embargo, la medida se queda corta porque en la tienda de la esquina o en cualquier “tienda de conveniencia” pueden surtirse de bolsas de papas fritas, frituras de harina y refrescos embotellados.
Aunque llegara a determinar que, al igual que el alcohol, los alimentos chatarra no se vendieran a menores de edad y que su venta estuviera limitada a horarios, las medidas seguirían siendo insuficientes.
Recientemente, el médico inglés Anthony Daniels, que ha estudiado el fenómeno de la obesidad infantil, enfocó que el origen del problema no está tanto en seguir los modelos alimentarios norteamericanos, ni solamente en el gusto por consumir botanas chatarra y refrescos embotellados.
Luego de un análisis profundo de las condiciones sociales en las que se ha dado la obesidad infantil, se observó que la tendencia no se limita ya a los países altamente desarrollados de Norte América y de Europa, aunque la causa pudiera estar en las conductas o los modelos de vida que se iniciaron en esas naciones. Y ahí se abre una luz para poder entender la verdadera causa de la obesidad.
Según dicen algunos investigadores, el fenómeno de la obesidad surgió al mismo tiempo y creció de manera paralela al fenómeno del empleo y el pluriempleo de las madres de familia y a la disgregación de las familias a la hora de la comida del mediodía y de la cena. Y eso es un fenómeno actual en todo el mundo.
Cuando la madre de familia tuvo que salir a trabajar, la vida del hogar se alteró. No podía regresar a comer con los hijos y en ocasiones no podía ni siquiera cocinar todos los días de la semana. La solución vino de los supermercados: ofrecieron paquetes de comida congelada que por lo general son pastas con carne (lasagna con carne molida, abundante queso y crema y salsa de tomate) y sopas instantáneas, desde las más económicas que se venden en un vaso de unicel y a las que basta con agregarles agua caliente, hasta las que se preparan en minutos y se les agrega un sobre con los condimentos. Y el postre se soluciona con un litro de helado o un pastel que rebosa de calorías. Y eso los cinco días de la semana. Con el agravante de que el fin de semana los hijos quieren comer fuera, y adivinen qué eligen: hamburguesas, o pastas y helados y pasteles.
La obesidad no se gesta en la escuela, sino en la propia casa, con la complicidad, o la incapacidad, de mamá.
Cuando la familia come en casa, el panorama es diferente: desde luego que se comen pastas y arroces, pero también verduras, ensaladas y aguas de frutas en lugar de refrescos, y todo ello hace al menú estar mucho más balanceado.
Además, cuando comen en casa, papa y mamá detectan cuando alguno de los hijos come en exceso y sugieren al hijo que se quedó con hambre que tome más verdura o ensalada, pero no más pasta.
Y algo que es importantísimo: cuando se come en familia, la misma conversación y el hecho de poner la mesa y de seguir un cierto ritmo y orden, hace que los alimentos se espacien y llega un momento en que los hijos se sienten satisfechos y no comen más. Eso no sucede cuando están solos.
Con el afán de satisfacer el hambre que tienen al llegar del colegio, y el afán de tumbarse ante la TV o de contactarse con los amigos y amigas en las redes sociales, las comidas de los jóvenes en ausencia de los padres se hacen en cinco minutos, pero en los que engullen grandes cantidades de alimentos fáciles de calentar o de conseguir: la pasta, la pizza, la torta, las botanas… y el consabido refresco. Cuando el cerebro manda la señal de que está satisfecho, ya se ha devorado más de la cuenta. Y luego viene una tarde de inactividad física. Y así un día tras otro.
Si en la familia se observa un indicio de obesidad en los hijos, quizá sea buen momento de revisar las veces que comen sólos, o que se les da dinero para pedir pizza o comprarla al regreso de la escuela o del colegio.
Hay ocasiones en que tanto papá como mamá deben trabajar y no regresan a casa a la hora de comer, pero siempre se puede preveer dejándoles algo para la comida que habrán de hacer solos, de manera que además de todo sea nutritiva y sana. El hecho de dejarles dinero y que compren lo que se les antoje, podrá ser válido para alguna vez, pero no convertirse en lo habitual.
Dejar comida preparada complica la vida de la mamá que trabaja profesionalmente fuera de casa, pero deberá hacerlo con ilusión y con imaginación, de manera que su influjo quede en la casa durante su ausencia. Implica más trabajo para ella, pero el beneficio es alto, ya que ayudará a que sus hijos no sucumban ante uno de los males de nuestro tiempo: la obesidad. |