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Una manifestaciÓn de nuestro tiempo
¿Le gustaría tener en casa
a uno de la Generación Ni-Ni?
  • Familia: aportar lo que se pueda y tomar lo que se necesita
  • Formar personas capaces de asumir compromisos
Aguascalientes, MÉXICO, a 23 de marzo del 2010

 

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Por Carlos Sanz

Hace unos días coincidí en la ciudad de México con un matrimonio de amigos españoles que estaban de viaje por cuestiones profesionales, y aprovechamos un fin de semana para comentar las mil cosas que siempre hay de interés entre quienes llevan años de trato y amistad.

Uno de los temas que abordaron me llamó la atención especialmente ya que se comienza a presentar en México. Se trata de la llamada “Generación Ni-Ni”: aquellos jóvenes entre los 17 y los 30 años que ni estudian ni trabajan. Que ni están en edad para depender de sus padres, ni se plantean el formar una familia. Ni se sujetan a las reglas de la casa, ni dejan de alojarse en ella. Los Ni-Ni son una generación que vive en la incertidumbre, en la indefinición respecto a qué hacer con sus vidas y algunos de ellos viven en la más absoluta insatisfacción. Y claro, tras las insatisfacciones vienen las compensaciones, que se dan con excesos en la bebida y en algunos casos en el consumo de drogas.

Según me decían mis amigos, en algunas ciudades y regiones de España, la situación de desempleo (El paro como le dicen ellos), y el encarecimiento de la vivienda han hecho más difícil adquirir “un piso” como también dicen allá, o un departamento como decimos aquí. Por ello siguen viviendo en la casa de sus padres aunque se desaparecen cuando les viene en gana sin siquiera avisar; y sin hacer aportaciones al gasto de la casa ni ayudar en las tareas que surgen, ya que “no quieren asumir responsabilidades”.

Los abuelos de estos jóvenes lucharon contra el enemigo en la Guerra Civil y después lucharon contra la pobreza, ya que la carencia de medios en ocasiones llegaba hasta no tener los alimentos indispensables. En los años posteriores, sus padres tuvieron una intensa vida de trabajo que con el paso de los años y la mejora de las condiciones económicas del país les permitió acceder a buenos niveles de vida en vivienda, automóviles, seguridad social, atención médica, vacaciones, pensiones y todo lo que conlleva una situación de bienestar.

Pero estos jóvenes españoles de las actuales generaciones, que nacieron ya en el bienestar y que han tenido siempre cubiertas sus necesidades, al parecer son incapaces, al menos buena parte de ellos, de asumir responsabilidades, de enfrentar retos y de superar situaciones difíciles.

En México, las cosas no están igual que en España, ya que en pleno Siglo XXI aún tenemos alta incidencia de pobreza en todas sus manifestaciones. Esas carencias pudieran llevarnos a pensar que estamos libres de manifestaciones como la de los Ni-Ni que son propias de sociedades del bienestar, pero resulta que no, pues en todos los niveles socioeconómicos de México hay una cierta tendencia a sobreproteger a los hijos, a evitarles sufrimiento y esfuerzo. Y ahí está uno de los grandes errores que cometemos por igual las familias españolas, mexicanas y las de todos los países.

Entiendo que no es posible cambiar de buenas a primeras una mentalidad que lleva años, pero de alguna manera considero que es sano dejar que los hijos enfrenten las dificultades en la medida en que tengan edad y capacidad de hacerlo. Bajo esa idea, no deberíamos permitir, por ejemplo, que dejen desordenada su habitación cuando son pequeños, o que desatiendan sus obligaciones escolares al entrar en la primaria, o que descuiden el automóvil que la familia les ha proporcionado para facilitar sus traslados a la universidad.

Las familias caemos fácilmente en un exceso de proteccionismo con los hijos: no queremos que nada les inquiete ni les moleste. Y eso, está lejos de hacerles un bien. Por el contrario, podemos hacerlos blandengues, faltos de capacidad combativa contra las dificultades, plantas de invernadero incapaces de enfrentar situaciones reales. En suma, personas incapaces del compromiso y de acatar reglas, que ni son niños ni son personas maduras aunque tengan edad más que suficiente.

En México se estila, afortunadamente, que los hijos mientras no se casen, vivan en la casa paterna. Para la mayoría de los hogares mexicanos, siempre serán bienvenidos y acogidos, pero deberían de aportar en la medida que puedan, y deben esforzarse por poder. En las familias no sucede lo que en las sociedades con una finalidad estrictamente económica como pudiera ser una Sociedad Anónima de Capital Variable, por ejemplo, en la que el socio participa con el capital que puede o quiere y retira utilidades cuando las hay, solamente en la proporción a su participación.

En la familia cada uno aporta en la medida que puede y retira en la medida que necesita. Por lo general, los padres aportan mucho y los hijos, sin aportar económicamente cuando son pequeños, retiran del patrimonio de la familia todo lo que necesitan: recursos económicos para su alimentación, atención médica, educación, vestido, entretenimiento.

Lo aberrante sería que hijos ya mayores que puedan aportar mucho, evadan esa responsabilidad y sigan retirando impunemente del fondo común de la familia. Digo que es aberrante porque va contra todo principio que hijos capaces de buscar su sustento dependan por completo de los padres. Esa actitud los incapacita para emprender la aventura de formar su propia familia y comenzar a aportar mucho en beneficio de los hijos que requieren de todo.

Sin embargo, en las familias, la aportación no es solamente económica, ya que se aporta la vida en forma de trabajo, de atención de cuidados, de amor. Y eso no sucede en las sociedades anónimas, o no sucede en la medida en que se da en las familias.

Anteriormente era usual que al terminar la secundaria, cuando el hijo no quería continuar estudiando o la familia no estaba en posibilidad de permitírselo, el padre de familia le ponía un ultimátum:

- “Hijo, si ya no quieres estudiar es decisión tuya. Pero no puedo permitir que te quedes de flojo. Desde mañana comienzas a buscar trabajo o comienzas a trabajar conmigo”.

Y los apoyos económicos se reducían al mínimo.

Era frecuente ver a jóvenes que emprendían la aventura del trabajo con la ilusión de tener pronto ingreso suficiente para hacerse de su primer coche o ahorrar para el enganche de una casa o para arrancar un negocio, pero siempre aportando una parte a los gastos de la casa de sus padres. Con el tiempo, maduraban hasta ser capaces de emprender la creación de una nueva familia, la propia.

No digo que esa mentalidad tenga que ser la única, pero sí que ha dado buenos resultados. Permitir que un hijo ingrese a la “generación Ni-Ni, que esté sin hacer nada en la casa, que no sea capaz de estudiar ni de conseguir un trabajo por “humilde” que sea. (Eso de los trabajos “humildes” es una aberración ya que ningún trabajo honesto es despreciable, ni el de mecánico, ni el de chofer; todo es dignificable y dignificante. Y todo trabajo debe permitirnos un ingreso para vivir dignamente. No hay pues trabajos menos humildes que otros).

Los jóvenes que a los veintitantos años son incapaces de asumir responsabilidades y a los que el padre o la madre siguen aportándoles todo, son una caricatura de hombre. Como si un bebé pesara 65 kilos, o si un niño de preescolar midiera 1.80 de estatura.

Las generaciones Ni-Ni son, en muchos de los casos, una manifestación de los fracasos de nuestras sociedades: incapaces de exigir, que producen personas incapaces de dar. Entiendo también que haya algunos casos que sean una excepción a lo anterior.

Pero en lo que no tengo temor a equivocarme es al decir que ningún padre o madre de familia le gustaría tener en casa a un representante de los Ni-Ni. Pues de nosotros principalmente depende que nuestros hijos no lleguen a serlo.
 
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