Por Carlos Fonz
Hace poco, un amigo me comentó que no entendía la manera de proceder de otro de los amigos mutuos. "Con frecuencia, me dijo, lo veo que niega a sus hijos alguna facilidad , y que se porta más estricto de lo que yo sería con los míos".
Buscamos juntos algunas referencias, nos documentamos en el tema y les comparto algunas de las experiencias. Sucede, especialmente en las últimas décadas, que las generaciones de padres de familia nos hemos vuelto mucho más permisivos y complacientes de lo que nuestros padres fueron con nosotros. Y Cuando no se tiene una idea clara o se excede en esa actitud permisiva es mayor el daño que se les puede hacer a los hijos que el beneficio que les representa.
Aclaro que el amigo al que se refiere es de un país centroeuropeo que en el siglo pasado sufrió la tragedia de dos guerras que devastaron la economía, la infraestructura y dejaron al país en ruinas y a la sociedad muy afectada, ya que la mayor parte de las familias perdieron a un hijo, o al padre o fueron separados por la contienda. La guerra misma y las penurias de los años posteriores hicieron que los habitantes se forjaran un carácter fuerte y una capacidad de resistencia al trabajo duro que permitió recuperarse en cuestión de pocos años. El padre de ese amigo fue combatiente en la última de esas guerras y de alguna manera educó a nuestro amigo en el estilo austero y exigente que ahora él quiere repetir en sus hijos.
La exigencia y la austeridad por sí mismas no tienen razón de ser ya que desembocan en una educación rígida y sin sentido. Pero cuando se emplean como instrumentos para forjar personas de carácter recio y fuerte, resultan de gran utilidad.
Sin embargo, quizá como una reacción a la exigencia con que fueron educados, algunos padres de familia tratan a toda costa de evitar repetir el esquema. Sin embargo, al no tener una idea clara de lo que se busca con ello, pueden caer en dos posturas igualmente erróneas. Una es presionar a sus hijos de manera exagerada y exigir en exceso; la otra es ser demasiado complacientes y poco dados a la exigencia, actitud que para nada es recomendable.
Exigir a los hijos de una manera rígida en inamovible puede hacerlos sumisos y obedientes de mala manera, ya que lo hacen solamente para evitar el regaño o el castigo, pero sin estar convencidos de ello. En el fondo, es una mala actitud ya que coarta la libertad de los hijos y los convierte en seres dependientes del dominio de otro.
Ser en exceso complacientes resulta igualmente perjudicial ya que puede hacerlos esclavos, ya no de otros, sino de ellos mismos. Es dañino ya que los deja a merced de sus caprichos y de sus estados de ánimo: cumplen sus deberes cuando quieren y cuando tienen ganas de hacerlo, no se esfuerzan más de lo indispensable, se derrumban ante las primeras dificultades del entorno.
Poner reglas en la casa y en la familia y ver que se cumplan no es exigir en exceso, sino establecer un mínimo de formación y de certeza para los propios hijos. Por ello, no debe darnos miedo definir con los hijos lo que se espera de ellos: en comportamiento, en resultados académicos, en labores de ayuda en la casa, en la hora de regreso a casa luego de las salidas de fin de semana.
No se trata de establecer en la familia un régimen militar, aunque tampoco deberá ser una “ tierra de nadie” en la que no existe ley alguna. Lo que se busca es dar a los hijos un soporte para que encuentren ellos mismos la relación justa entre el ejercicio de su libertad y la responsabilidad que conlleva vivir en una familia, estudiar en algún nivel educativo, respetar las reglas establecidas en la casa y cuidarse ellos mismos.
Tanto los padres muy exigentes como los muy permisivos, solemos actuar así por considerar que es lo mejor para los hijos. Aquellos casos en que los padres gozan de hacer sufrir a los hijos con exigencias fuera de sentido o que no se preocupan en absoluto de ellos son patológicos y dignos de estudiarse por especialistas del comportamiento. Por lo general, cuando nos equivocamos en el modo de educar, los padres de familia lo hacemos de buena fe: es lo que consideramos mejor, o es lo mejor que sabemos hacer.
Por ello, necesitamos informarnos y formarnos a fin de evitar excedernos o quedarnos cortos en la exigencia a los hijos. Salvo excepciones, en las más recientes generaciones, los padres de familia solemos más bien quedarnos cortos en cuanto a la exigencia hacia los hijos. |