Al concluir la Guerra Cristera, y para atemperar los ánimos después de los “arreglos”, el Episcopado Mexicano prohibió a los católicos participar en política. Los ánimos de los laicos, después de una confrontación desgastante y muchos muertos, estaban decaídos.
Al mismo tiempo, permeó en la sociedad mexicana la idea de que la política era una cosa sucia y que, por tanto, no había que meterse en ella, pues hacerlo implicaba, inevitablemente, salir embarrado.
La consecuencia fue obvia y se demostró a través de la historia; seguimos recibiendo testimonio de ello: la política en México la hicieron, en la mayoría de los casos, los sucios y los corruptos.
Ya en los años 40, la posición de la Iglesia cambió e invitó a los católicos a asumir su responsabilidad en la vida pública. Sin embargo, remontar el miedo, la frustración y la indiferencia no fue fácil. Tuvieron que pasar décadas para que, finalmente, al golpe de las crisis recurrentes y los crecientes abusos del poder, los católicos retornaran a la lid política en distintos partidos.
Sin embargo, los llamados del Episcopado fueron calificados por los jacobinos de siempre como una indebida ingerencia de la Iglesia Católica en la política. Y aunque ya nos acostumbramos a que se trata de exhortaciones de tipo moral, nunca faltan “expertos en temas religiosos” que recurren a visiones trilladas y superadas.
Ahora que nos encontramos en pleno proceso electoral, el Episcopado Mexicano vuelve a hacer un llamado a los católicos y a los hombres de buena voluntad a realizar un nuevo esfuerzo para lograr la consolidación de la democracia en nuestro país, pues no cabe duda de que está en riesgo y sus avances son frágiles.
Prueba de ello es el consenso de los encuestadores, que consideran que el abstencionismo electoral para las elecciones de julio podría llegar al 60 por ciento. Esto, a pesar de que la caída de los votantes es un fenómeno recurrente en las elecciones intermedias, no deja de ser preocupante por las circunstancias que vive el país.
Por una parte, al fin el Presidente Felipe Calderón asumió los riesgos de enfrentar el narcotráfico, que ya ha dado síntomas de volverse narcopolítica. Una decisión necesaria que se había pospuesto o había permanecido en un nivel bajo o en acciones simuladas.
La realidad actual nos muestra que Rafael Macedo de la Concha engañó sistemáticamente al Presidente Vicente Fox respecto de las acciones emprendidas contra las mafias. No digamos de las omisiones o complicidades del pasado y que cada día salen a flote.
Tenemos, además, el fenómeno de los secuestros, que no dejan de estar vinculados con el narco y las guerrillas.
En otro orden de cosas, vivimos en medio de una crisis económica mundial que demanda decisión y cierre de filas para minimizar los costos en lo interno, pues llovió sobre mojado con la emergencia sanitaria.
Una vez más, resulta evidente que para salir adelante requerimos cambios estructurales que deben pasar por el Congreso, y el Presidente no ha contado con el apoyo suficiente para lograrlos, pues ha tenido que negociar con una minoría condicionante que neutraliza o minimiza las propuestas.
Por otra parte, existe una evidente campaña para que la sociedad se sienta frustrada y no acuda a las urnas o anule su voto, como si con ello se lograra algo efectivo para la ciudadanía. Lo cierto es que con eso se trata de poner la elección en manos del “voto duro”, es decir, en grupúsculos y ciudadanos cooptados y dirigidos mediante amenazas o chantajes.
De esta manera ellos ganarían la elección, y no la ciudadanía. Esto es el primer paso para una regresión, pues el “voto duro” está en manos de quienes tradicionalmente controlaron al país y nos llevaron a la debacle. Abstenerse o anular el voto es darse por vencido a la mitad del camino.
El Episcopado nos ha hecho un llamado a la rehabilitación ética de la política y a elegir entre los candidatos a aquellos que, cuando menos, tengan un mínimo ético. Esto implica conocer los errores, excesos, abusos, atropellos, irregularidades y hasta delitos cometidos por sus gobernantes. Eso requiere una movilización social, hacerse valer mediante el voto y seguir empujando sin cesar.
Además, buscar la honestidad, los valores, la lealtad y honradez como criterios de apoyo a los candidatos; capacidad que implica preparación técnica y conocimiento directo de las necesidades de la gente; compromiso con la reconciliación y la justicia, para luchar contra la pobreza, la desigualdad, la inseguridad y la violencia; y sensibilidad por los pobres, los excluidos y los indefensos, no de mera palabra, sino con base en hechos.
¿Qué clase de México queremos? ¿Uno que esté en manos de las mafias, de los manipuladores del “voto duro”, y de los cuales seríamos cómplices con la abstención? ¿O un México democrático, donde la sociedad, los ciudadanos, definamos entre las opciones posibles aquella que más se aproxime a nuestras aspiraciones y deseos, impulsada ahora por nuestro voto y mañana mediante acciones participativas que vigilen e impulsen los compromisos adquiridos?
Ese es el desafío, así lo señala ahora el Episcopado como una responsabilidad moral. Es ésta una clara obligación cívica de todo ciudadano responsable. Ésta es nuestra hora. |