Uno de los retos de la actual y de las próximas generaciones es combatir a los grandes cárteles de la droga, que a manera de organizaciones bien estructuradas, han permeado en los ámbitos político, social y económico.
Según datos de la ONU, la industria global del narcotráfico tiene un mercado de 50 millones de personas que compran de manera regular cocaína, heroína y drogas sintéticas.
Hace más de cien años, esas sustancias también tenían un mercado que las adquiría aunque no de manera clandestina. Eran compradas en boticas o vinaterías por los beneficios que se les atribuían a favor de la salud y de la felicidad.
A finales del Siglo XIX y en las primeras décadas del Siglo XX, la cocaína, la heroína y el opio eran componentes principales de jarabes y pastillas que combatían la “fatiga de cuerpo y mente” y para acabar con la tos y el insomnio.
Con la cocaína también se elaboraban vinos que se enorgullecían no sólo de facilitar la digestión sino de que la gente se sintiera feliz al beberlos.
A los productos que contenían cocaína y heroína se les atribuían efectos medicinales y así, empresas farmacéuticas que aún ahora siguen siendo muy conocidas resaltaban esas palabras en las etiquetas.
Una empresa alemana regalaba artículos promocionales en los que se grababan leyendas como “el fabricante más grande de quinina y cocaína en el mundo”.
Con el opio se elaboraban tratamientos contra el asma y otras “afecciones espasmódicas”; y los maestros, actores, cantantes y predicadores echaban mano de unas pastillas con mentol y cocaína como “restituyentes de las cuerdas vocales”.
Para los niños que sufrían de dolores por el brote de los dientes, existían unas gotitas elaboradas con cocaína, cuyo frasco resaltaba la frase “cura instantánea!"
Y para que conciliaran el sueño, para los bebes de tan sólo 5 días de nacidos no faltaba la fórmula elaborada a base opio y 46% de alcohol. Había que darles 5 gotas. Los adultos también podían tomarla, y para ellos se sugería una dosis equivalente a una cucharadita.
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