Me imagino que, con sentido del humor, el presidente Calderón le habría planteado a la Maestra la necesidad de ir buscándole una “salida digna” de la dirigencia del SNTE y del partido que inventó y controla.
El problema es que a estas alturas esa clase de salida no existe (o no se ve) porque es casi imposible identificar los incentivos que pudiera tener la señora Gordillo para ceder el enorme poder que ha acumulado. Veamos.
¿Incentivos políticos? Ningún presidente en su sano juicio se atrevería a nombrarla, por ejemplo, secretaria de Educación Pública, entre otras cosas porque, aún cuando no habría revolución alguna si eso sucede, el mensaje sería verdaderamente indicativo de que este país habría entrado en una fase de degradación institucional, política y psicológica parecida a la de algunos países del África central.
Tampoco es previsible que el partido que la expulsó años atrás le extienda una disculpa y la readmita en sus filas. Habría un conflicto mucho mayor dentro del PRI que si se votara a favor de la privatización de Pemex.
¿Incentivos históricos? Aunque algunos de sus socios y validos han insistido estos días en afirmar que la señora Gordillo es la impulsora de “reformas a la educación” —inexistentes, por supuesto— no habría legislador alguno que, por ejemplo, la postulara para recibir la medalla Belisario Domínguez o imponer su nombre con letras de oro en los muros de la Cámara de Diputados por sus contribuciones a la educación.
Mucho menos alguien pensaría en ella para recibir el Premio Nacional de Ciencias y Artes, hipótesis ante la cual muchos de quienes lo han recibido seguramente lo devolverían.
¿Incentivos económicos? Como es bien sabido, el CEN del SNTE, es decir, la agrupación que la Maestra controla de manera libérrima y absoluta, recibe por concepto de cuotas sindicales alrededor de 100 millones de dólares anuales, a los que hay que añadir los recursos asignados a varios fideicomisos que también ella maneja. A su edad, supongo que la pensión del ISSSTE no le quita el sueño, y que tiene asegurado todo el dinero que quiera para mantener su elevado tren de vida, heredar con abundancia a sus familiares y aceitar sus redes clientelares. Más dinero, bienvenido; pero ya no es un incentivo.
¿Incentivos morales? En política el engaño suele ser, frecuentemente, un autoengaño. Por ende, es improbable que, en su intimidad, la Maestra admita que le ha hecho enorme daño a la educación pública de este país y debe creer que la devastadora opinión que los mexicanos tienen de ella es obra de los “enemigos del sindicato”. Antes bien, seguramente está convencida de que los maestros la van a reivindicar un día. Pero la historia es cruel.
Volvamos al principio: ¿hay incentivos para una “salida digna”? No lo parece.
|