| Soy un apasionado de la educación musical por la sorprendente riqueza y variedad que
ofrece la música en México. Recordemos a nuestros grandes maestros de la composición de
concierto: Manuel M. Ponce, Silvestre Revueltas, Carlos Chávez, y José Pablo Moncayo,
por mencionar sólo a algunos; y a la música de nuestros artistas populares y de la canción
romántica como Armando Manzanero y Agustín Lara; y a los Mariachis; y los sones
jarochos y huastecos; y la marimba de Nandayapa; y los tríos de boleros, las canciones
rancheras, los jarabes, las bandas de alientos de los indígenas zapotecas y mixes de Oaxaca;
y la música infantil de Cri-Crí… En fin… poseemos un patrimonio musical asombroso.
Soy un apasionado de la educación musical porque la música de nuestro país ha ayudado a configurar nuestro entorno cultural; ha colaborado a forjar nuestra nación: no podemos comprender plenamente a México sin su música.
Soy un apasionado de la educación musical porque la música habla de lo que somos, nos conecta con otras culturas, otros tiempos, otras personas, nos abre otros horizontes, nos hace mejores personas: más felices y con más esperanza.
La educación en general transforma; es ésta la que puede sacar a una nación adelante: no los militares, no los policías, no los decretos constitucionales o las reformas políticas; es la educación. Pero el poder de la música, y su capacidad de expresar los sentimientos más recónditos y sublimes del ser humano, hacen de la educación musical un arma irremplazable
para la formación de las personas.
Soy un apasionado de la educación musical por el papel que puede jugar ésta en la vida de los niños. Niños que son el verdadero futuro de nuestra nación; niños que, inevitablemente, crecen bajo la influencia de su entorno familiar, educativo, social y cultural: los niños son y llegarán a ser lo que viven a su alrededor.
Reflexionemos por un momento la siguiente obviedad: todos los adultos hemos sido alguna vez niños; niños inocentes, con muchos sueños, sonrisas, ilusiones y fantasías. Incluso aquellos niños que han crecido en entornos enteramente adversos, alguna vez sonrieron y soñaron, alguna vez jugaron y cantaron rondas infantiles; también aquellos que han llegado a hacer de sus vidas causa de terror para la sociedad a través de las extorsiones, los despojos y los asesinatos, también fueron niños.
Soy un apasionado de la educación musical porque estoy convencido que si una de esas personas, ahora completamente perturbadas, hubiera tenido durante su infancia un maestro, y no hablo de todo un sistema educativo –la primaria o la secundaria–, sino simplemente de un solo maestro que le hubiera tocado la razón, pero sobre todo el corazón con la música, ese niño hubiera crecido distinto.
Soy un apasionado de la educación musical por la sonrisa de los niños cuando hacen música.
¿Y qué niños pueden aspirar a los beneficios de la música? Todos, todos los niños pueden.
Las bondades de la música no excluyen a los niños marginados, maltratados o con
capacidades diferentes. Sólo hay que recordar las bandas de invidentes que amenizan una de
las calles vecinas a este recinto, donde frecuentemente se ven a niños interpretar
virtuosamente un instrumento.
No debemos perder la oportunidad de heredar el tesoro de la música a nuestros niños y jóvenes.
Decía el tlatoani poeta Nezahualcóyotl:
“¿Con qué he de irme?
¿Nada dejaré en pos de mi sobre la tierra?
¿Cómo ha de actuar mi corazón?
¿Acaso en vano venimos a vivir, a brotar sobre la tierra?
Dejemos al menos flores.
Dejemos al menos cantos.”
Ante esta perspectiva, los educadores musicales tenemos la grave responsabilidad de ser
cada día mejores maestros, mejores guías y mejores ejemplos para la infancia y juventud de
México. En este sentido, es fundamental el apoyo de la sociedad civil y las autoridades
políticas, para la capacitación continua y el desarrollo humano y social de este importante
gremio educativo, y así podamos cumplir con un trabajo profesional que esté a la altura de
los educandos y de las posibilidades formativas que ofrece la música.
A lo largo de los años he tenido la fortuna de conocer docenas, y quizás cientos de
profesores de música mexicanos que, desde un espacio o estrado en muchas ocasiones poco
afortunados, han transformado muchas vidas y han colaborado, aunque sea en poco, a que
este mundo sea un mundo mejor.
Soy un apasionado de la educación musical y creo que ésta no debería ser sólo una
posibilidad de desarrollo para algunos niños afortunados de sectores especiales, o una
excepción educativa para niños seleccionados arbitrariamente o por supuestas capacidades
sobresalientes. La educación musical debería ser un derecho inalienable para todos los niños
de nuestro país.
Apostemos al tesoro de la educación musical, apostemos a los niños, apostemos a México: nuestros hijos lo merecen. |