En una reciente charla madrileña con Enrique Krauze, el Nobel Mario Vargas Llosa definió al PRI como un partido “detestado y detestable” pero anticipó que puede ganar las elecciones presidenciales del año próximo. Más allá de descalificar estas opiniones o ser indiferentes a las que crecientemente circulan, en sentido análogo, en los ámbitos legislativos y académicos de Estados Unidos, al PRI le vendría bien un ejercicio sereno y frío de reflexión acerca de cómo construir un relato que haga creíble su argumentación de campaña.
La evidencia muestra que en política todo es opinable, que las emociones van antes que las razones y que la secuencia estratégica es primero perfilar al candidato y luego buscar las razones para votarle.
Pues bien, en el PRI parece haber ya un candidato y ahora el desafío es cómo construir el relato, o, visto de otra forma, cómo sostener su prolongado primer lugar en todas las encuestas o al menos cómo evitar que se diluya. En el “mercado de las emociones”, que es en el cual se suele mover el elector promedio, la identificación con el candidato es clave. Pero en el caso del “candidato del PRI” el adjetivo institucional está tan arraigado en el imaginario colectivo que es muy difícil separar a la persona del partido.
El PRI tiene, en ese sentido, dos alternativas. Una es apelar a los logros de sus buenas épocas y a una especie de nostalgia casi genética en las personas de suponer que todo tiempo pasado fue mejor. La otra es demostrar qué ha hecho en los doce años en que ha estado en la oposición a nivel federal, qué tan bien entiende el mundo y el México de hoy, y qué le propone a la sociedad. Es cierto que esto implica trabajar en el “mercado de las ideas”, que no es tan rentable como el otro, pero al menos ayuda a evitar una disonancia donde candidato y partido sean registrados de maneras distintas, opuestas incluso.
Partamos de lo siguiente: las elecciones federales del año próximo no son las mismas que en el pasado reciente. Hay porciones de la ciudadanía que han desarrollado un olfato más riguroso; la malla mediática y de redes sociales tecnológicas es inédita respecto a, apenas, los comicios de 2006; no se percibe en el tejido social un sentimiento de entusiasmo ni de esperanza por su futuro o el del país. Ganar por descarte, tan sólo triturando a los gobiernos panistas, es no sólo poco creativo sino también improductivo y escasamente elegante.
Por tanto, resuelto el tema del candidato, nada pierde el PRI provocando, por un lado, una discusión genuina sobre temas concretos e importantes para el país, es decir, las ideas. Y, por otro, documentando los resultados concretos que sus gobiernos estatales y municipales han alcanzado en seguridad, educación, crecimiento económico o equidad social, es decir, las razones para votar por esa sigla partidista.
Mirar simplemente hacia otro lado no es opción.
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