No deja de ser muy llamativo que buena parte de los medios impresos y electrónicos y la llamada comentocracia, incluidos los que se suponen más penetrantes, se quede en la superficie de lo que significa una campaña electoral y de lo que se dirime en una elección presidencial.
La concentración excesiva, por ejemplo, en el resultado de las encuestas es reveladora de una especie de cautela —¿o temor?— que consiste es que es más seguro permanecer en la espuma de un porcentaje que tomar ese dato como lo que es —un dato coyuntural— y pasar a lo siguiente —el fondo, la sustancia, el contenido de la política— que es de lo que, a fin de cuentas, trata una elección.
Si ésta va a ser la tónica mediática, estaremos frente a una atmósfera de muy baja calidad informativa y analítica y, por ende, de un comportamiento ciudadano, o al menos de la porción de los votantes que se nutre de lo que le dan los distintos medios para moldear algo parecido a una opinión, de una pobreza proverbial. Qué importan las ideas o la evaluación rigurosa de las trayectorias y el desempeño o la sociología del mexicano si ya tenemos gráficos, barras, porcentajes que suben o bajan: lo demás es irrelevante.
Véase, en cambio, lo forma en que se siguen y reportan las campañas en España o las primarias republicanas en Estados Unidos, al menos en los medios serios.
La publicación de las encuestas, en el primer caso, acaso ocupó la tabla de intención de voto y una nota explicativa. Pero las posiciones de Mariano Rajoy, el candidato ganador, en relación con la crisis de la eurozona, el déficit o las medidas de ajuste, esas sí fueron motivo de análisis, de críticas o de examen riguroso, abundante y dilatado.
Y en el segundo caso, la información de números es irrelevante. George F. Will, por citar un caso, un columnista conservador influyente, decía hace unos cuantos días que quien sea el candidato republicano “puede surgir muy disminuido por un proceso repleto de candidatos negligentes y delirantes en quienes la mayoría de los ciudadanos no dejarían la responsabilidad de una tienda de refrescos, mucho menos de las armas nucleares”.
Es decir, hay una valoración sustantiva, hay una calificación, y no, como nos pasa, se pierde el tiempo reduciendo enteramente las cosas a un punto más o un punto menos.
Comprendo que la chabacanería vende mucho más y que para algunos conductores, locutores, articulistas y encuestadores les es difícil articular un pensamiento más elaborado y no se diga sofisticado. Pero es tiempo de ir al fondo de la cuestión y el votante merece información de gran calidad, contexto, análisis fino, precedentes, datos duros acerca de quienes aspiran a gobernar un país de esta dimensión y de tal complejidad, de lo que han hecho y de lo que piensan. Y no, por supuesto, retórica pura.
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