Decir que la probable participación de un futbolista en una banda de delincuentes es síntoma del nivel de decadencia al que ha llegado la sociedad mexicana es sencillamente, en el mejor de los casos, una ingenuidad porque parte de una premisa falsa: que esos deportistas (y, para el caso, es lo mismo trátese de actores, cantantes o gruperos) fueron, alguna vez, un ejemplo. Y eso no verdad.
La profundidad de la degradación no consiste en haber atrapado a un presunto secuestrador, sino en que gracias a la cultura de la superficialidad y el espectáculo, en el peor sentido de la acepción, casi sin darnos cuenta personajes que por razones de su oficio alcanzaron altos niveles de popularidad se volvieron un ejemplo a seguir, un modelo a imitar, un referente moral.
El proceso de distorsión o, mejor dicho, de perversión es muy simple: basta tener éxito en el campo de juego, en una película, una pasarela o un escenario para que esa sola condición dote a los famosos de capacidad para opinar acerca de temas que en muchos casos no conocen o para recomendar conductas que en muchos casos no practican. Tendido ese tupido velo, pasan a un lugar secundario sus vulgaridades, su ignorancia, su frivolidad, sus adicciones; se les idealiza como símbolo de estatus y se les concede legitimidad para erigirse en prototipos sociales.
Hay que ver, por ejemplo, quiénes aparecen en las campañas de promoción de la lectura o de la caridad pública y privada o de la opinión política y percatarnos de que estamos ante una tremenda confusión en la que aparecer en televisión y tener éxito en el show business —sean gatos, chicharitos, cabañas, maradonas, espinozas, komanders, etc.— es sinónimo automático de valores a compartir o, peor aún, a transmitir como aceptables y admirables.
Por eso con toda razón decía el poeta sudafricano Breyten Breytenbach que le parecía una obscenidad cómo el héroe público Nelson Mandela aparecía, sin más, al lado de “estrellas y modelos cocainómanas, músicos de moral dudosa e intelectualmente limitados o el vano jet set internacional” (Letras Libres, junio 2010).
Yo, por mi parte, simplemente no encuentro coherencia entre ver a Naomi Campbell un día haciéndola de embajadora de buena voluntad en alguna aldea africana y al otro agrediendo, hasta el cepillo de borracha, a una empleada de hotel. Desde luego no tengo absolutamente nada en contra de quienes componen y cantan una buena rola, hacen una gran interpretación televisiva y juegan un buen partido de futbol. Pero que eso los transforme en autoridad moral o en predicadores de lo que es bueno para una persona, una comunidad o un país creo que hay una distancia abismal y una diferencia rotunda.
Por eso no debiera extrañarnos que, un buen día, cacen a uno de ellos metido hasta las cachas en la delincuencia organizada ni son emblema de decadencia alguna. Son lo que son.
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