Por Carlos Fonz
Una de las grandes preguntas que se hacen los padres de familia cuando comienzan a crecer los hijos es la relativa a establecer reglas en la casa, y yo les digo que ni lo duden.
Establecer una serie de reglas de comportamiento es de lo más formativo, estimulante, tranquilizador y benéfico que pueda imaginarse. Solo que tiene una limitante severa: que para ser efectivas, las reglas deben cumplirse, y han de ser los propios padres de familia los primeros en hacerlo.
Y además no cualquier regla es buena ni lo es para siempre. Las reglas tienen que modificarse de acuerdo a las condiciones cambiantes que vaya experimentando la familia y deben aplicarse con un amplio y sólido criterio
El efecto de tener reglas en la casa será especialmente benéfico cuando los hijos crezcan, pero la realidad es que comienzan a ayudarnos ya desde que los hijos son pequeños.
Estar de acuerdo los esposos
Recuerdo el caso de un amigo que cuando el primero de sus hijos aún no hablada, comentó con su esposa que establecerían una reglas básicas en el hogar.
Una de esas reglas era que no permitirían que los hijos hicieran berrinches y cómo actuarían ellos en el momento en que se presentaran. Efectivamente, no tardó en darse el primer caso de una rabieta del hijo y en un supermercado… pero ellos ya sabían cómo proceder. Me cuenta que ese y otro intento terminaron por convencer al hijo de tres años de que por ahí no iban a funcionar las cosas y de que era preferible intentar otros métodos.
Otra de las primeras reglas fue que no se permitirían los gritos en la casa ni entre la familia, y menos cuando se estuviera enojado por algo. El resultado es que los hijos crecieron sabiendo dirimir sus diferencias por la vía del diálogo y no en base a gritos destemplados y portazos.
Cuando los hijos crecieron, se estableció la regla de que deberían ayudar en las tareas de la casa en cosas tan sencillas como poner o levantar la mesa, o hacerse cargo de alguna responsabilidad.
Las reglas no tienen que ser inflexibles
Tiempo después fue necesario añadir una regla más: la relacionada con las comidas fuera de casa y con las horas de llegada los fines de semana. Establecer esas reglas tampoco supuso una tragedia, ya que consideraban como lo más normal que hubiera algún acuerdo también en ese tema. Hay ocasiones en que esas reglas concretamente han sido flexibles y se ha ampliado el horario de llegada, pero sin mayor consecuencia.
Desde luego que la regla respecto a que no se permiten las rabietas está vigente, pero hace muchos años que no es necesario recordarla, porque se da por hecho. Y así cada una de esas reglas se han asumido sin problema alguno.
Y si usted conociera a la familia de mi amigo diría de ellos cualquier cosa menos que son reprimidos o que están encorsetados y sean esquemáticos. Por el contrario, se llevan bien. Se hacen bromas, se reclaman cuando algo no les parece, y los hijos tratan de negociar, especialmente en el asunto de los permisos y las horas de llegada.
Las reglas, pues, fueron de una gran utilidad y ayudaron a educar a los hijos. Y los hijos no sufrieron trauma alguno por tener que observar algunas reglas de comportamiento.
Lo mismo que sucede en las sociedades y en las empresas, sucede en las familias. Cuando no hay en una calle alguna indicación que marque el sentido del tránsito o la velocidad permitida, o al menos una señal de detenerse, los conductores lejos de sentirse a sus anchas comenzamos a intranquilizarnos pensando si iremos o no en el sentido correcto, a la velocidad adecuada o si hay que detenerse en algún punto.
Y nadie ha dicho, al menos nadie sensato, que las indicaciones de tránsito les hayan causado conflicto emocional o esquizofrenia.
Con la familia y los hijos sucede lo mismo. Cuando hay algo establecido cada uno sabe tomar sus precauciones para no transgredir lo establecido. Y las cosas funcionan mejor.
Es condición humana que debamos apegarnos a una cierta normatividad a fin de que el grupo, la familia en primera instancia y la sociedad en su conjunto, marchen por buen camino.
Así es que no debe tenerse miedo a que en la familia se establezcan unas cuantas reglas de funcionamiento. |