La llamada “Dieta Mediterránea”, es decir, los hábitos alimenticios que se viven en los países que dan al mar de ese nombre, pudiera ser inscrita por la UNESCO, el organismo de las Naciones Unidas dedicado a la cultura y las artes, como parte del Patrimonio Cultural Inmaterial de la Humanidad.
Esta forma de alimentarse se transmite de generación en generación en los países establecidos al margen del que fuera considerado por los romanos como el Mare Nostrum (El mar nuestro). Esta manera de alimentarse, además de un fenómeno cultural que viene de hace siglos, se ha descubierto en los últimos años como una gran aportación a la nutrición sana.
Entre las características comunes destaca el uso de elementos que se encuentran en la alimentación de los diversos países mediterráneos: el trigo, el aceite de oliva, la vid y sus productos y las hortalizas.
En efecto, con las diversas manifestaciones que se dan según la idiosincrasia de cada país, el trigo está presente en la alimentación, ya sea en forma de las pastas y pizzas italianas; en el pan pita de los más orientales del Mediterráneo como Grecia y Líbano; las hogazas y los baguettes de España y de Francia, y el couscous de los países africanos mediterráneos.
Otra constante en la Dieta Mediterránea es el fruto del olivo, que se consume tanto en forma de aceitunas como de aceite; y el fruto de la vid, que se incorpora a la alimentación como una fruta o ya procesada en forma de vino.
Y desde luego las hortalizas que forman parte de esa dieta y que contribuyen a que en su conjunto sea beneficiosa para la salud: el tomate, la berenjena, la lechuga, cebolla y papa.
Con la inscripción de la Dieta Mediterránea en el Patrimonio Inmaterial de la Humanidad, se conseguirá que siga siendo transmitida a las próximas generaciones y que se incremente el intercambio cultural y la cooperación entre los países.
En la actualidad se estima que superan los 130 millones las personas que habitan los países bañados por las aguas mediterráneas. |