Poseemos una vida que es única e irrepetible. ¡Qué importante es vivir con sabiduría y estrenar con entusiasmo cada día de nuestra existencia! Me dan pena esos hombres que van por el camino de sus vidas cargados de apatía, aburrimiento y que muy pocas cosas despiertan su interés. Nosotros hemos de poner ilusión y optimismo en todo lo que realizamos a lo largo de nuestra jornada, precisamente porque la vida es breve y hay que aprender a aprovecharla bien.
¡Qué fácil resulta dejarse dominar por sentimientos como el malhumor, la intranquilidad, la actitud crítica, negativa, quejumbrosa o un permanente estado de malestar interior!
A propósito del Día Nacional de la Familia (primer domingo de marzo) escribí un artículo en el que narraba los inolvidables y divertidos encuentros, con ocasión de algunos onomásticos familiares, con mis abuelos, tíos y primos y, por supuesto, con mis padres y mis seis hermanos. Más de medio centenar de personas nos solíamos reunir en aquella enorme casona de los abuelos. Los niños la llenaban con su algarabía y juegos infantiles. Mientras, los mayores conversaban anécdotas divertidas y algunos relataban buenos chistes. No había grandes gastos ni lujos pero compartíamos cordialmente la comida y, sobre todo, el grato placer de convivir en paz y armonía.
Como el artículo mencionado fue publicado en un portal de internet, una señora de Buenos Aires me envió un correo electrónico en el que decía:
“-Es verdad lo que usted dice y me hubiera gustado tener una familia alegre y numerosa como la suya. Pero si miramos atrás, en nuestras propias biografías, hay muchas cosas que podemos agradecer a la vida y a nuestros seres queridos que tantas veces nos hicieron reír y pasar momentos entrañables, maravillosos. Pero, me pregunto, ¿por qué, a veces, los humanos tenemos la maldita costumbre de recordar únicamente lo negativo, lo sombrío, de rumiar nuestras amarguras o darle un sesgo pesimista a nuestra existencia y a esos recuerdos?”
Este comentario me hizo reflexionar sobre un tema importante. No cabe duda que el vivir la existencia cotidiana entraña siempre enfrentarse con luces y sombras, situaciones agradables o ingratas; vivimos en un permanente claroscuro. ¿Quién no ha experimentado –por ejemplo- el sufrimiento ante una enfermedad o el dolor ante el fallecimiento inesperado de un familiar?
Pero hemos de tratar de enfocar nuestra vida con optimismo, sin dejar de ser realistas. Me parece clave el aprender a pensar en positivo, poniendo ilusión en lo que realizamos en cada jornada. En nuestras manos está el estrenar con una sonrisa cada uno de nuestros días.
Disfruto mucho de todas las competiciones deportivas, en especial, de los Juegos Olímpicos. Observo con interés cómo en las pruebas de atletismo, los competidores arrancan a toda velocidad al escuchar el disparo de salida. En las carreras de 400 metros con vallas, por ejemplo, vemos cómo los atletas se dirigen a toda prisa a la meta. Es frecuente que algunos corredores derriben involuntariamente alguna de esas vallas, pero no se desaniman ni se detienen sino que continúan con su rápida carrera.
Siempre he pensado que detrás de este tipo de competiciones, se pueden obtener lecciones útiles y aplicables para nuestra vida. Porque una característica constante en los atletas es que no le dan importancia a los tropiezos ni a los pequeños errores. Reaccionan como resortes y siguen adelante sin desalentarse. Suelen aprender de sus equivocaciones.
La vida humana debe de ser enfocada también con este espíritu deportivo, dejando de lado los sucesos negativos o lamentables y recorrer la carrera de nuestra existencia con garbo y buen ánimo. Pero para ello se requiere enfrentar una íntima batalla permanente. Muchas veces no resulta fácil el quitar de nuestra mente un pensamiento pesimista o la irritabilidad ante una contradicción. Pero hay que intentarlo, una y otra vez, hasta lograrlo.
Desde el momento en que nos despertamos, por la mañana, me parece que uno de los primeros pensamientos que deben venir a nuestra mente es considerar, por ejemplo: ¿qué asuntos interesantes voy a realizar el día de hoy? ¿qué es lo que me espera en el trabajo y qué metas me gustaría lograr a lo largo de esta semana?
Pero no me estoy refiriendo únicamente a los grandes acontecimientos de nuestra vida, sino a esos pequeños sucesos cotidianos, a los que les podemos imprimir un tono de ilusión: las reuniones familiares o con los amigos, las fiestas y celebraciones, el mismo cambio de las estaciones durante el año, un hermoso amanecer, el contemplar un cielo cuajado de estrellas o admirar un bello paisaje natural, sacarle partido a un detalle divertido que nos ocurrió y compartirlo con los de nuestra familia. También son valiosos esos encuentros habituales: con las personas con las que habitualmente trabajamos o convivimos, con un pequeño vecino al que saludamos y con el que conversamos, aquel anciano que agradece que lo escuchemos o cuando vemos algún espectáculo artístico que disfrutamos en compañía de nuestros seres queridos.
Me llama la atención la capacidad de asombro que tienen los niños. A menudo escuchamos expresiones, como:
-Mira, papá, allá va un avión. De grande me gustaría ser piloto.
-Mamá, ¡qué bonito perro lleva ese señor! ¡Me encantan los gatos y los perritos, pero sobre todo los ponys!
-¿Ya te fijaste que hoy tenemos enorme luna llena? –comenta otra pequeña.
Considero que los adultos no debemos perder tampoco esa capacidad de asombro porque va muy ligada a la ilusión de vivir. Esas experiencias vitales nos deben conducir a saber dar gracias por lo que vemos, sentimos y tenemos. A saber gozar de las cosas sencillas del presente, a contemplar el tiempo pasado con agradecimiento y a mirar el futuro con ilusión.
Pero para conservar la alegría se requiere tener carácter y fortaleza. Es una virtud que no se improvisa. Muchas veces se requiere un temple de acero para que, a pesar de las dificultades y escollos del camino, impere el buen ánimo y no se pierda el entusiasmo.
Tengo muy grabada en mi memoria aquella célebre película, “Carros de Fuego”, que describe cinematográficamente el desempeño de algunos atletas en los Juegos Olímpicos de París, a principios del siglo pasado. Concretamente se centra el filme en cómo la escuadra de Inglaterra conquistó un buen número de medallas, a pesar de que otros países eran notablemente superiores en ciertas pruebas atléticas.
Me impresionó un detalle en particular. En la carrera de 200 metros planos, uno de los protagonistas de la película, resbaló y cayó en plena competición. ¡Parecía que tantos meses de preparación y esfuerzo se iban a pique! De pronto, aquel atleta escocés, se incorporó con agilidad, y rápidamente aceleró su carrera, metió un impresionante sprint final y, por escasos centímetros, logró ganar y llevarse la medalla del triunfo.
En esta vida, considero que tenemos que recorrer nuestra pequeña olimpiada personal. Todos tenemos caídas, fallos y yerros, pero lo importante es la capacidad de aprender a reaccionar, levantarnos de inmediato y continuar dando la pelea.
¿Pero cuál es el motor interior para mantener de forma permanente la alegría y el buen ánimo? El vivir conforme a la verdad. Dicho en otras palabras, ser congruente entre lo que se piensa y lo que se hace. Buscar siempre, a pesar de los obstáculos, aquello que se identifica con la bondad y la verdad. Sólo así se consigue la verdadera paz de espíritu.
No hay nada que haga más infeliz al ser humano que vivir en la mentira, en la hipocresía y en el engaño de sí mismo. La verdad, en cambio, tiene una fuerza liberadora de las tinieblas de la ignorancia; quien la sigue permanentemente y a lo largo de su itinerario en el tiempo, acaba alcanzando una serena felicidad y gozo.
La alegría, en suma, se conserva a través de ese aprendizaje por enfocar adecuadamente las cosas pequeñas que nos acontecen cotidianamente. La vida ordinaria está llena de aspectos interesantes, amables y hasta divertidos. ¡El reto es aprender a descubrirlos y estrenar con ilusión cada día! |