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Opinión

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Otto Granados RoldánRaúl Espinoza Aguilera:
Es Licenciado en Lengua y Literaturas Hispánicas por la Universidad Nacional Autónoma de México. Postgraduado en Comunicación por la Universidad de Navarra (España). Tiene estudios de Diplomado en Filosofía por la Universidad Panamericana. Por tres décadas, ha sido miembro del Consejo Editorial de “Editorial Minos”.

 
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Carlos Llano
La vida ordinaria de un intelectual cristiano ejemplar
  Raúl Espinoza Aguilera
  respinoza@yoinfluyo.com
Aguascalientes, MÉXICO, a 18 de mayo, 2010

Hace unos días, el Equipo de yoinfluyo.com publicó una estupenda semblanza sobre el Doctor Carlos Llano, con ocasión de su reciente fallecimiento, titulada: “Carlos Llano, la partida de un grande”.

Como acertadamente señala este escrito, fue un reconocido filósofo, autor de numerosos libros y ensayos, algunos de los cuales son ya verdaderamente clásicos por su repercusión en diversos foros académicos y culturales, así como por el número de ediciones que se han tirado.

Fue uno de los pioneros en darle un profundo sentido humanista a la actividad empresarial. Ha sido el iniciador, junto con otras personalidades relevantes y con el aliento de san Josemaría Escrivá de Balaguer, fundador del Opus Dei, del Instituto Panamericano de Alta Dirección de Empresa (IPADE), de la Universidad Panamericana, de la revista cultural “Istmo” y asesor de numerosas empresas, entre otras muchas actividades. Del mismo modo, fue también formador de muchos maestros e intelectuales.

Sin embargo, reconozco que al terminar de leer esta semblanza, me parece que su rica personalidad quedaría incompleta, si no se señalara otra importante faceta en la vida personal de Carlos Llano: desde muy joven recibió la llamada sobrenatural de entregarse completamente a Dios, como miembro Numerario del Opus Dei.

Como es conocido, esta institución de la Iglesia católica, fue fundada por san Josemaría Escrivá de Balaguer, en Madrid, el 2 de octubre de 1928. Al Opus Dei pertenecen solteros y casados, mujeres y hombres, jóvenes y personas mayores, de todas las razas, lenguas, condiciones sociales y, actualmente, el Opus Dei se encuentra extendido por los cinco continentes.

Al final de la década de los años cuarenta, Carlos pidió su admisión en esta Obra de Dios en Madrid, España, aunque había nacido en la Ciudad de México, en 1932. Su padre era español y su madre cubana y tuvo muchos hermanos. Posteriormente, su familia se trasladó a la península ibérica y Carlos estudió la enseñanza media y superior en la capital española.

Después pasó un tiempo en Roma, junto con un numeroso grupo de jóvenes profesionistas, al lado del fundador del Opus Dei, de quien aprendieron directamente ese espíritu y enseñanzas que este santo sacerdote había recibido de Dios: el mensaje de buscar la santidad a través del trabajo ordinario. Carlos aprovechó, también, su estancia en la Ciudad Eterna para cursar sus estudios en la carrera de Filosofía y, posteriormente, se doctoró en la Universidad Nacional Autónoma de México.

A principios de la década de los años cincuenta, san Josemaría le propuso a Carlos –dejándolo siempre en libertad, como era su costumbre- que viniera a México para apoyar el inicio de la labor del Opus Dei.

Ya desde enero de 1949, Mons. Pedro Casciaro y otros profesionistas habían venido a tierras mexicanas para esparcir la semilla del Opus Dei, esto es, la llamada universal a la santidad y al apostolado en medio de las realidades más cotidianas, como cristianos normales en medio del mundo.

Además, se había dado la feliz coincidencia de que su padre era inversionista en algunas empresas mexicanas y le había sugerido que se viniera a dirigir una de ellas.

Así que Carlos aceptó gustoso y en 1952 se vino a radicar nuevamente a nuestro país. Aunque debemos decir que con similar ilusión se hubiera ido a iniciar la labor del Opus Dei en alguna otra lejana nación porque así era su plena disponibilidad a la vocación recibida.

Sin duda, algo que le caracterizó toda su vida fue la honda conciencia de que había que difundir ese espíritu -eminentemente laical y secular- de la Obra de Dios. Era de llamar la atención su fidelidad al Romano Pontífice, a la Iglesia, a la Jerarquía y su exquisita obediencia a lo que san Josemaría le iba pidiendo –a él y a los otros miembros de la Obra- para cimentar bien las bases del desarrollo del Opus Dei en México y el orbe entero.

A lo largo de los casi 40 años que lo traté con frecuencia, quizá lo que más me edificó de su personalidad, indiscutiblemente con grandes talentos, era que -no obstante que era el fundador del IPADE, rector de la Universidad Panamericana, director de la revista Istmo, un escritor prolífico e infatigable y siempre ocupado con mil asuntos laborales-, no perdía el objetivo central de su vida: sacar el Opus Dei adelante, vivir cada día con constancia su vocación sobrenatural, ser muy fiel y secundar con todas sus energías el carisma fundacional de san Josemaría.

Esa perspectiva existencial que tenía, se le notaba en los grandes y pequeños sucesos cotidianos. Cuando se convivía con él, era frecuente que sacara a colación –con naturalidad, cariño y agradecimiento- alguna sugerencia o indicación que el fundador había dado para sus hijos mexicanos, algún escrito o carta de san Josemaría, alguna anécdota de los años en que tuvo intenso trato con él, etc. En suma, convivir cerca de Carlos era equivalente a tener un recuerdo muy vivo del fundador de la Obra y de sentir la responsabilidad compartida de sacar esta Obra de Dios adelante.

También me impresionaba su humildad y su capacidad de entregarse en servicio de los demás. Cuando asistí a mi primera convivencia como miembro del Opus Dei en la exHacienda de Montefalco, Morelos, me dio clases de la materia de Metafísica, como parte de la formación filosófico-teológica que todos los miembros recibimos.

Recuerdo su esfuerzo para que todos sus alumnos entendiéramos bien lo que explicaba. Procedíamos de muy diversas carreras universitarias y ciudades del país. Pero con su simpatía natural y sus dotes didácticas, aquellas clases nos resultaron claras y amenas. No pocas veces nos contó algunos buenos chistes para hacer esas clases menos áridas.

Por otra parte, como me gusta tocar la guitarra, recuerdo que los universitarios y profesionistas allí reunidos, solíamos tener tertulias con ocasión de algunos eventos y cantábamos canciones populares, rancheras, de rock and roll…

Un día había un cumpleaños de uno de los asistentes. Carlos me buscó aparte y me dijo:

-Compuse unos versos en castellano y en griego –me comentó en tono divertido- y hago mención a algunos de los de esta convivencia. Escribí un estribillo que hay que repetir a coro varias veces, ¿me podrías acompañar con la guitarra y cantarlo en honor del festejado?

La verdad es que me sorprendió que un señor empresario –tendría en ese entonces alrededor de 40 años- y catedrático de universidad, sacara tiempo para componer unos versos con la finalidad de hacer pasar un rato agradable a sus hermanos en esta familia sobrenatural que es el Opus Dei.

Esos detalles de finura y afán de servir a los demás, los había aprendido del ejemplo recibido del fundador del Opus Dei y ahora nos los trasmitía a nosotros, las vocaciones recientes y con poco tiempo en la Obra, para que también nosotros aprendiéramos a vivir esos detalles de caridad y fraternidad.

También recuerdo que un día, decidimos ir a subir el cerro del “Chinaco”, por el rumbo del Desierto de los Leones. Cuando llegamos a la cumbre, nos sentamos a la sombra de unos árboles, comimos y tuvimos una agradable sobremesa. Aproveché para preguntarle algo que me llamaba mucho la atención de él y, sin muchos rodeos, le cuestioné:

-Carlos, publicas un promedio de un libro por año, ¿cómo logras hacer eso en medio de tantos asuntos que tienes entre manos?

Me dio una respuesta que me desarmó por su sencillez:

-Los domingos me gusta mucho caminar por el campo y salir de excursión por el monte. Así que, en esas ocasiones, me pongo como meta ir pensando en el contenido del libro, en cómo argumentarlo bien, analizar cada uno de sus posibles capítulos, afinar algunas conclusiones… Así que todo va quedando guardado en mi mente, como en el “disco duro” de una computadora y, cuando tengo tiempo, poco a poco voy redactando esa futura publicación.

Pensé para mis adentros:

-¡Pues ya me gustaría tener siquiera un poco de su “disco duro”!

Después, con toda naturalidad, cambió de tema porque no le gustaba hablar de sí mismo ni de nada que sonara a autoalabanza.

Un rato después iniciamos el descenso y me dijo:

-Ven a que conozcas un nicho de Virgen que pusimos un arquitecto amigo mío y yo.

Se trataba de un bello mosaico de la Virgen de Guadalupe empotrado sobre una gran piedra, con una pequeña techumbre, que habían colocado, bajando por una de las barrancas. Al llegar allí, me invitó a rezar el Ángelus del mediodía a la Virgen María, por la que tenía una gran devoción y cariño filial.

También recuerdo otro detalle significativo. Los miembros de la Obra cumplimos a lo largo del día un plan de vida espiritual para luchar por mantener la presencia de Dios. Los sábados, como se acostumbra en la Iglesia, solemos también rezar la oración mariana de la Salve.

En cierta ocasión, íbamos en avión de viaje a España: él para atender algunos negocios familiares y yo para asistir a un congreso con periodistas. Desde el inicio del vuelo me comentó que tenía planeado aprovechar muy bien esas horas del traslado al Viejo Continente para estudiar y resolver muchos asuntos pendientes, además de dormir algunas horas. A continuación sacó de su portafolio un voluminoso legajo de papeles y se puso a trabajar intensamente.

Pero me llamó la atención su cuidado y delicadeza en cumplir con todo ese plan de vida espiritual: la lectura de un libro espiritual y de los Evangelios, la oración mental, el rezo del Santo Rosario... Sabía combinar armónicamente trabajo y oración.

Después de cenar, comenzó a entrarme sueño, y me recordó fraternalmente:

-No se te olvide que hoy es sábado. ¿Ya le rezaste la Salve a la Virgen?

Ante mi respuesta negativa, me invitó cordialmente a rezarla.

Con estas anécdotas, lo que quiero subrayar es que Carlos amaba profundamente a Dios, a la Virgen María y vivía con gran delicadeza todos los aspectos de la espiritualidad del Opus Dei.

No menos destacada era su gran capacidad para hacer amigos. En muchas ocasiones me tocó recibir este tipo de comentarios de antiguos alumnos del IPADE:

-¿Tú ves a Carlos con frecuencia? Por favor, salúdamelo. ¡Qué buen maestro es y cómo aprendí de sus sesiones! Pero sobre todo, ¡qué gran amigo!, ¡no sabes cuánto me ayudó en la dirección de mi empresa y en mi vida personal para acercarme más a Dios y, a la vez, ser mejor esposo y padre de familia!

Carlos nunca olvidaba de felicitar a sus amigos en sus cumpleaños, acompañarles en su enfermedad, en el hospital o, ante la pérdida de un ser querido, en la funeraria. Tenía esa talla humana de los grandes hombres que saben estar pendientes de los pequeños detalles de la vida de los demás.

Un último recuerdo, como un botón de muestra, que nos habla de su impetuosa vibración apostólica y su afán por acercar a muchas almas a Dios. Carlos daba un círculo de formación cristiana, en la misma residencia del Opus Dei donde yo vivo, al que asistían algunos empresarios de diversas edades. Puedo atestiguar que más de alguna vez lo vi llegar cansado (pasaba de los 70 años), resfriado o con alguna enfermedad más seria, desvelado, o quizá abrumado por el complicado tráfico capitalino, pero –salvo casos muy excepcionales- nunca dejó de asistir a esa cita para dar su círculo y durante muchos años. Los asistentes me comentaban que los preparaba con esmero y les hacía mucho bien. Y después, acostumbraba quedarse conversando privadamente con alguno de los asistentes para ayudarle a mejorar en su vida espiritual.

En la Santa Misa de cuerpo presente, que se celebró en la parroquia de san Josemaría, en Santa Fe, el Vicario del Opus Dei en México, Monseñor Francisco Ugarte, comentó en la homilía:

-“En una sola frase se podría resumir la vida de Carlos: fue un hombre que supo ser muy fiel a su vocación al Opus Dei”.

Pienso que su figura crecerá con el tiempo por su rico legado filosófico y su valiosa aportación antropológica y directiva en el ámbito de la empresa, pero sobre todo por el modo admirable y ejemplar con que vivió su vocación en esta Obra de Dios, a la que tanto amó y entregó su entera existencia, con naturalidad y discreción, como un cristiano decidido a luchar verdaderamente por ser santo en medio del mundo.

 

Se reproduce con la autorización www.yoinfluyo.com

 

 
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