La torpeza se refiere a un desafortunado comportamiento en tal o cual circunstancia, sea por ignorancia, por simple ineptitud y en ocasiones por arrogante temeridad, circunstancias que en cierto modo pueden atenuar las acciones tomadas, pero de ninguna manera disculparlas. Estas aseveraciones se pueden aplicar al poco atinado manejo del gobierno español en el caso de los presos cubanos, cuya excarcelación fue negociada por el ministro de exteriores del gabinete del señor Rodríguez Zapatero.
En la desesperada búsqueda de prestigio para el gobierno del Partido Socialista Obrero Español (PSOE), el encargado de dicho despacho, creyó ver una oportunidad para su gobierno de ganar estatura a nivel internacional y por supuesto nacional, que por cierto lo necesita con urgencia.
El caso de los opositores a la dinastía de los hermanos Castro, ha sido tratado con detalle por la prensa internacional, los medios televisivos han mostrado los casos con profusión y el manejo ha ido dirigido a tocar más que las mentes, los corazones del público. Los disidentes han sido presentados como luchadores por la libertad y los derechos humanos, cosas que son muy apreciadas en el mundo de la lucha anticastrista y es probable que muchos de ellos sean personas bien intencionadas y su causa sea justa, más de cincuenta años en el poder de la que podríamos llamar familia real caribeña, da pie a pensar así.
Ante la exposición a la opinión mundial, de la situación de estos disidentes, y a pesar de la suficiencia del gobierno cubano, la presión ha dado resultados y ha capitalizado de una manera brillante la excarcelación de algunos de ellos. Ha jugado un gambito, librándose de estos incómodos personajes a cambio de reconocimiento mundial, por una supuesta acción humanitaria y de apertura con tintes sospechosamente democráticos.
El ministro de exteriores de España ha ganado un problema a cambio de un fugaz momento de gloria, sus propios conciudadanos han estado atacándolo y poniendo en evidencia su torpe intermediación en este asunto. Como prueba están las páginas de opinión de diarios españoles como el ABC, en las que le recriminan el trato preferencial ofrecido a los cubanos, mientras que hay muchos españoles con fuertes carencias económicas y de seguridad social.
El buen juez, por su casa empieza. En cuanto a la actitud de los cubanos, excarcelados que no libres, las declaraciones de muchos de ellos han mostrado una enorme dosis de ingratitud, estas declaraciones tienen el tinte de primas donnas que han sido engañadas. El descontento va desde que se sienten vigilados, hasta que no les han cumplido sus expectativas de alojamiento y demás comodidades que figuraron en sus calenturientas mentes.
Estoy convencido de que en su país y más aún en su calidad de prisioneros, no comerían lo que cualquier español tiene a su alcance. A lo anterior habría que añadir la libertad de expresión, que en Cuba dudo mucho tuvieran. En cuanto a las posibilidades de trabajo, cuando se tienen más de cuatro millones de desempleados en España y la crisis augura un porvenir dudoso para el 2011, estas son casi nulas.
Como no les creen trabajos a propósito, cosa que acarrearía la ira en los ciudadanos nativos, no veo en que puedan colocarse y terminarán siendo una carga más para el estado, como si la situación estuviera para tal cosa.
Algunos de estos ciudadanos cubanos han expresado que su deseo es irse a Florida, donde seguramente tendrán familiares, cosa que el gobierno peninsular debe propiciar a la brevedad, hay invitados a los que hay que darles la salida lo más rápidamente posible y este es el caso.
Es entendible que estos señores cubanos quieran emigrar a los EE UU, pues en un socialismo como el que priva en España, que tiene un futuro incierto, poco podrán hacer para medrar y prosperar. Sin embargo una fea mancha en su comportamiento, es la ingratitud que han mostrado hacia el país que los sacó de prisión. Deben dejar de lado su actitud de estrellas que creen merecer todo y tener un mínimo de respeto y agradecimiento, a quienes les pueden brindar una nueva oportunidad.
Se han juntado la torpeza y la ingratitud, qué fea combinación. |