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Ante el centenario de la RevoluciÓn
Así vivió Aguascalientes los días de la Convención
  • La ciudad, insuficiente para tantos visitantes
  • La actual Avenida Madero se abrió para esa ocasión
Aguascalientes, MÉXICO, a 17 de noviembre del 2010
 

Estamos a unos días de celebrar los 100 años de la Revolución Mexicana, y hay voces que urgen a las diversas fuerzas políticas a acordar cambios en la dirección del país, proponer soluciones a los problemas socioeconómicos y construir un nuevo Estado…

En 1914, esos mismos propósitos reunieron en la Soberana Convención Revolucionaria de Aguascalientes a los jefes de los grupos que derrocaron a Victoriano Huerta.

El Teatro Morelos, recientemente remodelado, fue sede de esa reunión donde carrancistas, villistas y zapatistas intentaron ponerse de acuerdo sobre quién gobernaría al país y sobre cómo reorientarlo.

Entre los pocos acuerdos tomados entre el 10 de octubre y el 9 de noviembre de 1914, estuvo el nombrar al general Eulalio Gutiérrez como Presidente provisional de la República. Sin embargo, no fue posible coincidir en otros asuntos importantes por la insistencia de cada facción en fortalecerse a sí misma debilitando a las otras. A pesar de ello, la Soberana Convención Revolucionaria de Aguascalientes pasó a la historia como la asamblea donde se expusieron las ideas que más tarde verían la luz en la Constitución de 1917.

El historiador Luciano Ramírez Hurtado escribió: “La aparente coexistencia pacífica y buen entendimiento entre las facciones en un primer momento, muy pronto se convirtió en mutua incomprensión, autoexclusión por conveniencia, franco desplazamiento, intolerancia, defección y desde luego, predominio de un proyecto revolucionario sobre los de las otras facciones”.

La Historia escrita

Lo sucedido en la Convención ha llegado a nuestros tiempos por las obras de cuatro personajes.

Uno de ellos, Vito Alessio Robles, muy inclinado a Villa, publicó varios artículos entre 1949 y 1951, que fueron reunidos en 1979 en el libro “La Convención Revolucionaria de Aguascalientes.

Está también la investigación del estadounidense Robert Quirk, que lleva por título “La Revolución Mexicana 1914-1915. La Convención de Aguascalientes”. Los estudiosos del tema consideran que está bien documentada y es objetiva.

Otro fue Luis Fernando Amaya, cuya obra se publicó por primera vez en 1966. Si bien abundó en el análisis de documentos, algunos historiadores consideran que más que una investigación es una justificación.

A su vez, Martín Luis Guzmán, testigo de los acontecimientos, escribió la novela histórica “El águila y la serpiente”.

Cómo vivió Aguascalientes la Convención

Vito Alessio Robles, quien fue miembro de la mesa directiva de la Convención, dejó sus impresiones acerca de la mañana del sábado 10 de octubre de 1914, día de la inauguración:

“Muy temprano... recorrí en un carruaje tirado por caballos los principales sitios de la ciudad de Aguascalientes... El clima era dulce, a pesar de la altitud. El ambiente de la ciudad me pareció hermoso y acogedor, por sus calles tortuosas y estrechas, por sus frondosas arboledas, por sus arriates llenos de flores y por sus plazas y parques, entre los cuales se destaca el de San Marcos, circundado por antañosa barda. La arquitectura barroca tiene excelentes ejemplares en las iglesias de San Diego y San Marcos así como en el palacio de gobierno, por sus hornacinas, sus ornamentos llenos de requilorios y sus antiguos escudos nobiliarios, de los cuales quedan sólo las borduras atormentadas.

“En la plaza principal pude ver una bella y elevada columna jónica que los aquicalidenses, o hidrocálidos, afirman, orgullosos y convencidos, marca el centro geográfico exacto del territorio de la República Mexicana... Circulaban por las empedradas calles, centenares de automóviles, casi todos con los capacetes echados hacia atrás y en ellos militares tocados con sombreros texanos. Las plazas y las rúas llenas de soldados con cananas cruzadas en el pecho, repletas de brillantes cartuchos. La estación ferroviaria congestionada de convoyes militares…”

Los enviados por los diarios de la Ciudad de México reportaban así el ambiente que se vivía en los días previos a la Convención: una curiosa muchedumbre recibe “entusiastamente” a los delegados que llegan en los trenes especiales procedentes de la ciudad de México y de Torreón; “en las afueras y en los patios de los hoteles” se escuchan La Valentina, La Cucaracha, la Adelita y Jesusita en Chihuahua; los “señores generales” recorren las calles en sus automóviles; cerca de 100 personas han corrido la suerte del “repórter” de no encontrar dónde hospedarse...

Como los mesones, casas de huéspedes y hoteles fueron insuficientes para hospedar a los miles de forasteros, se habilitaron para tal efecto las salas de espera, los cobertizos y los vagones de la estación del ferrocarril, pero también las cantinas, los billares y los cafés. Hay que recordar que entonces, la ciudad de Aguascalientes tenía apenas 44 mil habitantes.

De esos días, Martín Luis Guzmán escribió: “Con todo género de consideraciones fueron recibidos los delegados, quienes ocupando varios carruajes particulares, se dirigieron al Hotel Washington, considerado como el más importante de la población; allí concurrieron a saludar a los viajeros las personas de mayor prestigio político y social de Aguascalientes”.

La Avenida Madero, fruto de la Convención

La Convención duró un mes, pero antes de que se inaugurara, la ciudad de Aguascalientes vivió un cambio considerable en su paisaje urbano. Uno de los más significativos fue la obra que se realizó para abrir la avenida de la Convención, que hoy conocemos como Avenida Madero.

En aquel entonces sólo estaba el callejón Zavala que empezaba en la Plaza de Armas y terminaba en la calle Morelos. Dado que se quería contar con una vialidad recta por la que desfilaran los delegados, semanas antes de la Convención se derribaron casas a partir de la calle Morelos hacia lo que era la estación del ferrocarril, “siendo esta parte la más ardua y costosa, pues después estaba el enorme corralón donde se encerraban los tranvías y multitud de huertas enormes, que simplificaban el problema”, según escribió Heliodoro Martínez López en su obra “El Aguascalientes que yo conocí”.

 
 
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