El pasado 2 de abril, Otto Granados publicó el artículo ¿Por qué está ganando el PRI? en el suplemento “Campus” de Milenio Diario. A propósito de las campañas políticas, el escribano juzga oportuno reproducirlo como una alternativa académica para analizar sus razonamientos y revisar sus argumentos:
Todas las encuestas levantadas y publicadas entre noviembre de 2008 y febrero de 2009 muestran, con algunas diferencias porcentuales, que el PRI sería el partido más votado durante las elecciones federales de julio próximo. Ya tiene el mayor número de gubernaturas, alcaldías y congresos estatales; en el Senado es la fracción más influyente, y podría ser, ahora, la formación con mayor número de diputados en la siguiente Legislatura.
¿Qué explica la recuperación electoral de un partido al que, en 2000, le entonaron el réquiem?
Veamos.
El primer factor es, lógicamente, el modus operandi del PRI. Aunque algunos académicos aseguran que el problema básico del PRI es que, a diferencia de los partidos que gobernaron por largo tiempo en la Europa del Este y han vuelto transformados a escena, “no se ha reinventado a sí mismo”, la sensación es que probablemente allí resida parte de su éxito reciente.
A contracorriente de esas opiniones, el PRI se ha desempeñado con eficacia en estos tiempos con base en una combinación de cinco ingredientes.A contracorriente de esas opiniones, el PRI se ha desempeñado con eficacia en estos tiempos con base en una combinación de cinco ingredientes: a) un poderoso instinto de sobrevivencia; b) una buena gestión para evitar, hasta ahora, divisiones o rupturas profundas y mantener, por ende, una unidad pragmática; c) la implantación nacional y la capacidad de movilización de una maquinaria partidista en la cual confluyen residuos del corporativismo, el priismo histórico y sociológico que constituye el núcleo central de su voto duro, y una cierta proporción de votantes modernos y urbanos, antes monopolizados por el PAN; d) una especie de indefinición ideológica que lo vacuna para no comprometerse con decisiones o posiciones que podrían resultar altamente divisivas en el interior del partido,
y e) una operación habilidosa para construir, en un México que pasó de la monarquía presidencial al feudalismo territorial, alianzas efectivas con los barones del PRI en los estados. Examinemos algunos de estos elementos.
En los años ochenta, mientras ocurrían las primeras derrotas electorales del PRI en los estados del norte moderno, rico y cercano a EU, en el sur-sureste del país el dominio priista se mantuvo muchos años gracias al control político de un abanico de estados del México rural, pobre, caciquil y atrasado. Dos décadas después ya no es tan clara la distribución del voto.
El PRI ha recuperado casi todo el norte (excepto las dos Baja Californias) y está haciendo en varios casos (Chihuahua, Coahuila, Sinaloa, por ejemplo) gobiernos muy competentes y creativos, pero igualmente enfrenta una mayor competencia en el sur (frente a alianzas opositoras en varios casos encabezadas por ex priistas), como lo evidencian los estrechos resultados de Campeche, Veracruz y Oaxaca en las recientes elecciones estatales y se mantiene estancado, con alguna excepción, en el Bajío y en el centro, a pesar de que, salvo Querétaro y San Luis Potosí, las administraciones panistas han sido mediocres o francamente malas.
La composición del sufragio en tales regiones, sin embargo, sugiere que el voto priista podría estarse distribuyendo de manera más transversal, en la que caben lo mismo votos tradicionales de la población rural, adulta, con menor escolaridad e ingresos más bajos, que los de algunas porciones de clases medias urbanas y profesionales. Por ejemplo, de las 34 ciudades de más de 500 mil habitantes en el país, sin contar al DF desde luego, el PRI gobernaba sólo tres en el año 2000; en 2005, en 15. Se ha sostenido o vuelto a ganar en entidades emblemáticas del México moderno como Nuevo León, Sonora o Chihuahua; en las municipales de Guadalajara la diferencia en favor del PAN fue de apenas 4 por ciento, unos 8 mil sufragios; y en Aguascalientes y Mazatlán, el PRI regresó en 2007 al palacio municipal después de 12 años.
Un modo de hacer política
En estos datos subyacen varias de las fibras antropológicas que el PRI no sólo está aprovechando para ganar, sino que exhiben su naturaleza: más que un partido convencional, el PRI en el poder era un modo de hacer política en torno del cual gravitó durante décadas la mayor parte de los otros actores públicos, económicos y sociales de México; creó un determinado comportamiento electoral, así como un peculiar estilo de mediación entre la sociedad y la autoridad. A la luz de los resultados electorales recientes, algo o mucho ha quedado de ese legado.
El segundo elemento es que el PRI en estado de recuperación es fundamentalmente el mismo que fue derrotado en las presidenciales de 2000 y 2006. No ha reformado sustancialmente sus estructuras, programas, estatutos o ideología, sencillamente porque, desde el punto de vista estrictamente electoral, no lo necesita.
Por un lado, en términos funcionales, el PRI parece sentirse ahora más cómodo teniendo una dirigencia nacional electa por su militancia, un peso parlamentario importante y una constelación de fuerzas políticas locales que, en conjunto, constituyen un sistema de pesos y contrapesos que se equilibran entre sí, y que, por lo mismo, no tienen más remedio que entenderse para procesar la agenda partidista, porque de diversas maneras a todos les conviene: crean alianzas para negociar con el Ejecutivo federal o el Congreso federal, controlan los comités estatales o influyen en las candidaturas, entre otras ventajas. Y esta forma de arreglos le ha redituado eficacia electoral y flexibilidad política.
Si algo define el momento actual del priismo es pragmatismo, flexibilidad y adaptación.Por otro, el PRI no tiene necesidad de adoptar institucionalmente una definición ideológica, porque en el mercado electoral o mediático mexicano no venden los temas de fondo, porque no ha tenido entrenamiento en el diseño de una agenda nacional propia, y porque le conviene dejar que sus distintas corrientes naveguen entre un nacionalismo arcaico, una tercera vía tropical y, en mucho menor medida, un relativo liberalismo económico. Esta ambigüedad, por lo demás, es perfectamente explicable: cuando se crea, dice Luis Rubio, la lógica del PRI “nada tenía que ver con una filosofía común, una visión compartida del mundo o el desarrollo del país o una ideología que sirviera de fundamento para el diseño de políticas públicas”. En consecuencia, tal falta de identidad, más que un problema, le ha permitido hasta la fecha acomodarse a la coyuntura sin comprometerse a fondo en los asuntos más controvertidos, evita disputas internas, agrada a una porción del mercado electoral y ha supuesto, en la práctica, disolver las antiguas contradicciones de los años noventa entre los tradicionales y los reformistas, entre otras cosas porque éstos fueron desplazados del poder partidario.
Adicionalmente, las derrotas sufridas desde 1989 (Baja California) hasta 2006 (presidenciales), mal que bien incentivaron al PRI a entender que “toda política es local” y es claro que el rodaje después de esos años fue el de un partido a la defensiva, que aprendía a buscar y lograr nuevas formas de movilizar a su maquinaria y de conectar con los votantes. En una palabra: si algo define el momento actual del PRI es pragmatismo, flexibilidad y adaptación.
El tercer razonamiento es que, en ciertas capas de la sociedad, tal vez hay una suerte de nostalgia del autoritarismo.
En general, los estudios indican que, a menos que los gobiernos surgidos de una alternancia realicen una gestión económica muy exitosa, las nuevas democracias suelen presentar un síndrome que combina: a) desconfianza en la política y los políticos, b) percepciones de ineficacia de los nuevos líderes, c) bajos niveles de valoración de las instituciones democráticas y d) insatisfacción con el desempeño de las instituciones representativas. Ese escenario incierto produce, a su vez, una cotidianidad democrática que, en palabras de Adam Przeworski, “no es un espectáculo a reverenciar”, sino “un interminable altercado entre ambiciones minúsculas, retórica destinada a encubrir y confundir, oscuras conexiones entre poder y dinero, leyes sin el menor contenido de justicia y medidas que refuerzan privilegios”. En suma, una situación que describe bien lo que pasa en el México de hoy.
La cuestión práctica radica en que, de acuerdo con la experiencia comparada, cuando los regímenes autoritarios desplazados fueron más o menos moderados, tuvieron algún éxito económico y llegaron a la democracia de forma estable, como fue el caso de México, la sensación de los ciudadanos de que, ante la situación de desencanto con el nuevo régimen, el viejo no era tan malo, surge de manera casi natural. Como bien escribió Gideon Lichfield, un antiguo corresponsal de The Economist: el problema para el PAN es que la atipicidad del régimen priista le dejó poco margen para hacer grandes reformas: “puede decirse razonablemente que México tuvo su perestroika durante los años noventa. Cuando el PRI perdió finalmente el poder, ya había cambiado al país hasta dejarlo irreconocible, realizando reformas que la mayoría de los países del antiguo bloque comunista aún no han efectuado (…) Hay bastante por hacer. El problema es que mucho de lo que hay no es visible, ni dramático, ni rápido de ejecutar. La parte más gruesa ya fue realizada por el PRI”.
Éste es un punto del que, consciente o no, el PRI se ha beneficiado. Primero: sabe que, tras una historia tan peculiar como la suya, no puede presentarse como un partido nuevo o renovado, y, segundo, juega con la posibilidad y la aspiración de que, con los años, se valore mejor o menos negativamente su legado político y su experiencia de gobierno. Dicho con una de las conclusiones en un análisis del Interamerican Dialogue: “la memoria es a menudo selectiva y a pesar de que los regímenes autoritarios han sido perjudiciales… la gente mira hacia atrás con nostalgia en cuanto a sus logros. Resulta tentador, por ello, comparar un pasado idealizado con un presente frustrado”.
... el éxito, el crecimiento y el bienestar que no dependen del voto, sino de políticas públicas eficaces, reformas estructurales y entornos favorables. Este presente es, justamente, una cuarta causa. Tanto las encuestas nacionales como las que hace el Latinobarómetro reflejan escaso entusiasmo con la democracia y, en alguno de estos años, para el caso mexicano, el desencanto incluso fue mayor después de la alternancia de 2000. Una de las razones, ciertamente, es que la gente se hizo demasiadas ilusiones y le pidió a la democracia el éxito, el crecimiento y el bienestar que no dependen del voto, sino de políticas públicas eficaces, reformas estructurales y entornos favorables.
Pero el otro elemento es que la presidencia de Vicente Fox fue, en muchos sentidos, un verdadero desastre y el votante se lo está cobrando al PAN. Veamos un rosario, recopilado al azar, de algunos hechos del México existente en el momento en que finalizaba esa administración:
La economía creció apenas 2.2 por ciento anual, el segundo promedio más bajo desde 1934.
Los ingresos fiscales del gobierno, que llegaron a 11 por ciento del PIB en 2001, bajaron a 9.5 por ciento en 2006.
De 15 estudios internacionales sobre competitividad, México bajó en nueve en el periodo.
Hasta noviembre de 2006, eran 2 mil las personas ejecutadas presumiblemente por el crimen organizado. En todo 2005, fueron mil 521. Fox dejó a Calderón, amplificada, una herencia envenenada de crimen organizado.
De 6 millones de puestos de trabajo que por el crecimiento de la demanda laboral debieron haberse creado, los nuevos empleos permanentes, de acuerdo con el IMSS, ascendieron a poco más de 395 mil en todo ese sexenio.
En el Índice de Percepción de la Corrupción de Transparencia Internacional, México descendió del lugar número 51 que ocupaba en 2001 a 70 en 2006.
Según el Índice Mexicano de Corrupción y Buen Gobierno, en 2005 se cometieron unos 115 millones de actos de corrupción relacionados con la prestación de 35 trámites, regulaciones o servicios públicos.
Sólo 26 por ciento de los mexicanos declaraba estar “satisfecho” con el funcionamiento de la democracia en México.
En 2005, México perdió, en el ámbito global, 19 lugares como país atractivo para la inversión extranjera directa.
De acuerdo con el IMCO, ninguna de las 32 entidades federativas y el DF son competitivas en el ámbito internacional.
Entre 2000 y 2006, dos millones y medio de mexicanos emigraron, principalmente a Estados Unidos.
Finalmente, y salvo el fenómeno de Andrés Manuel López Obrador, el hecho de que no exista aún una izquierda suficientemente estructurada, moderna, liberal y competitiva, propicia una forma de bipartidismo que pone al votante en una situación incómoda: aprueba en lo individual la gestión del presidente Felipe Calderón, pero cuestiona la capacidad del PAN para gobernar en una coyuntura tan complicada; critica las malas mañas del PRI, pero supone que son los que pueden resolver problemas tan delicados como la inseguridad. Si bien algunos gobiernos locales surgidos del PRD están teniendo cierto éxito, no es suficiente para evitar que, en elecciones nacionales, ese partido aparezca, al menos por ahora, en una posición residual para julio próximo: con una preferencia electoral de 15 por ciento y una tasa de rechazo de 36 por ciento (Consulta, 03/09).
Por qué está ganando el PRI es apenas una parte de la ecuación. La otra, más importante, es discutir, si nuevamente ocurre en las elecciones del verano, su significación y consecuencias para la gobernabilidad institucional, las relaciones con el Ejecutivo, la consolidación democrática, la recuperación económica y social, y el abordaje efectivo del problema de la violencia y la inseguridad. |