OPINIÓN

A un año del COVID-19

  • Francisco Olguín Uribe
2021-02-18

El último día de 2019 el gobierno de China notificó oficialmente a la Organización Mundial de la Salud (OMS) los casos que se estaban presentando en ese país. Tan solo un mes después, la cifra de contagios había llegado a 9,600 y se tenían más de 100 registros en 20 ubicaciones fuera de China. El primer caso del SARS-CoV2 se presentó el 27 de febrero de 2020. Ante su rápida propagación, el 11 de marzo de 2020, la OMS advirtió oficialmente que se trataba de una pandemia que podría contagiar a la mayor parte de la población mundial (1).

Para entonces, como un signo de los tiempos, los contagios se extendían por todo el mundo. Aunque de menor letalidad que otras pandemias (2), al grado de ser inicialmente desestimada por diversos gobiernos, su capacidad de difusión es tal que ha infectado a más de cien millones de personas en poco más de un año y causado la muerte a cerca de dos millones y medio de seres humanos (3). Esa cifra, por desgracia, será mucho mayor al momento en que el lector tenga estas líneas a la vista. La reciente aparición de cepas más mortíferas hace pensar que, aún con la aplicación de las diversas vacunas que se han desarrollado en un tiempo récord, el fin de este problema sigue siendo incierto.

Los efectos del SARS-CoV2 han tenido también una tremenda repercusión en la economía mundial. La adopción de medidas de confinamiento para impedir su propagación ha impactado a la actividad productiva, dislocado las cadenas de suministro y la operación de los mercados, repercutido en la operación del sistema financiero, causado múltiples quiebras y desempleo.

Particularmente dolorosos son los graves retrocesos en materia de lucha contra la pobreza, en demérito de los logros alcanzados por la comunidad internacional entre 2000 y 2015 bajo la iniciativa de los Objetivos del Milenio propuestos por la Organización de las Naciones Unidas (ONU). Con ello, surgen serias dudas sobre la posibilidad de alcanzar los Objetivos de Desarrollo Sostenible planteados para 2030, de nuevo por la ONU, y adoptados el 25 de septiembre de 2015 por los líderes del mundo.

La expectativa de un 3.4% de crecimiento económico global para 2020 que había elaborado el Fondo Monetario Internacional (FMI) se calificaba de modesta, pero hacia abril del mismo año se habían transformado en una contracción de 3% a causa del Coronavirus. Y unos meses después reajustó su pronóstico a una caída del 4.9% en tanto que diversos analistas preveían posibles ajustes a la baja en los meses siguientes.

Sin cifras definitivas a este momento sobre el cierre del año pasado, el FMI considera que los resultados son menos graves de lo esperado por dos razones: la economía China experimentó mejores resultados de los esperados y signos de recuperación en el último trimestre; y la rápida adopción de medidas fiscales, monetarias y regulatorias sin precedente adoptadas en la mayoría de los países desarrollados, que protegieron los flujos de efectivo de las empresas e impidieron un desplome mayor.

En Europa, esas medidas preservaron al menos 54 millones de empleos, a pesar de lo cual se registró una caída del 7% del PNB en el continente. En América del Norte se estima que fue de 4.9% la contracción del PIB. El desempeño de México, que inicialmente desestimó los riesgos de la pandemia y luego no tomó medidas económicas anticíclicas, fue especialmente negativo: el derrumbe de la economía llegó al 9%.

En el resto del continente americano sobresale el caso del Caribe con un decrecimiento del 9.9% a causa de su alta dependencia del turismo, actividad que se vio especialmente afectada. En los países de Sudamérica la caída fue del 8% en su conjunto y en Centroamérica del 5.9%, resultados muy penosos pero menos que los de nuestro país salvo los casos del Venezuela (25%) y Argentina (11.5%).

En Asia Pacífico la caída del PIB sería de 2.3%, dado que fue aminorada por el crecimiento de la economía China, uno de los pocos países del mundo que logró crecer, si bien a un modesto 1.9%. En Japón y Sudcoreana se estiman descensos de 5.3 y 1.9% respectivamente. África, que registra el menor número de contagios pero se vio afectada por la falta de crecimiento económico en el resto del mundo, se calcula un descenso de 2.6% pero 13 de las 54 economías de ese continente alcanzaron una modesta tasa positiva de crecimiento.

Para el año 2021, el Banco Mundial plantea un crecimiento económico global que podría darse entre 1.6% en el escenario pesimista y casi el 5% en el optimista. Este crecimiento se apoya tanto en los posibles efectos positivos de la vacunación del SARS CoV2 como en el bajo nivel del punto de partida, pero desde luego es insuficiente para recuperar los niveles de la economía mundial en 2019. Más aún, esa cifra podría moverse a la baja en caso de repuntes en la pandemia y la posible aparición de mutaciones más nocivas de esta enfermedad infecciosa.

Para México el FMI estima un posible crecimiento económico de 3.5% si mantiene políticas adecuadas, ligeramente superior al de Estados Unidos pero inferior al de las economías medianas y grandes de América Latina con excepción de Brasil y, sobre todo, el patético caso de Venezuela.

La experiencia debe llevarnos a identificar y corregir errores, así como diseñar estrategias para para enfrentar futuras pandemias. Debemos advertir que los efectos malignos de las pandemias tienen un crecimiento exponencial. Cada persona que se contagia puede contagiar a muchas más, que a su vez contagiarán a muchas otras más y así sucesivamente. El mismo fenómeno se da en la economía: el cierre de un negocio o una rema de la actividad económica desarticula a otras, esas a otras más y así sucesivamente.

De ahí que los países más exitosos en la prevención de la pandemia hayan sido aquellos en los que las autoridades reconocieron el problema desde su origen y reaccionaron de inmediato con las medidas apropiadas, afinando progresivamente las acciones de contención y prevención conforme se conocían las características del SARS CoV2.

Con las actuales tecnologías y el desarrollo de la medicina, debemos buscar la forma de desvincular las pandemias de la economía. Si, con el equipamiento adecuado, el ser humano puede explorar el fondo de los mares, caminar sobre la superficie de la Luna, tener científicos investigando en el gélido Polo Sur, mucho más sencillo parece evitar contagios de un virus que se transmite por la saliva y el aliento.

Tal vez bastarían algunas normas de higiene y una máscara confortable para continuar realizando nuestro trabajo y otras actividades normales mientras los médicos investigan al enemigo, sus características y vulnerabilidades; médicos, químicos y biólogos colaboran para encontrar curas. Se requieren también inventores con no poco ingenio y no creo que en México nos falten.

Apoyado en la ciencia y la tecnología, México puede y debe salir adelante. Recordemos aquella frase que se atribuye a muy diversos autores: “nunca debe desaprovecharse una crisis”.

2) Cfr. Francis Fukuyama, “The Pandemic and Political Order”, Foreign Affairs, July/August 2020.

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