Aguascalientes, Ags.- La familia es un auténtico camino de santidad, valiente enunciación que debemos entender y hacer propia en el contexto de la filosofía del Opus Dei que San Josemaría no se cansó de enseñar en todo momento. Dicho en términos simples: si es verdad que todo cristiano debe buscar el rostro amoroso de Dios en cada una de las circunstancias que integran su propia vida –mi realidad más inmediata- entontes ¿qué mejor lugar para propiciar la santidad que aquel lugar donde verdaderamente estoy con el propio cónyuge y los propios hijos? ¿Qué ambiente más necesitado de ser construido en cristiano que el propio hogar y la propia vida familiar?
Trabajar es amar, ejercer la propia libertad la cual se encuentra a sí misma “libérrima” frente a un bien que está por hacer (no se hace solo) pero que me reclama absolutamente. Son los padres y las madres de familia quienes en un momento dado han decidido amarse absolutamente, sin reservas, entregando su ser de modo libre y responsable a fin dar cause al suave torrente de la fecundidad. La vida de los hijos se convierte, entonces, en la confirmación divina a ese sublime amor. Es el primer negocio que Dios propone a los padres y las madres, refiriéndose claramente a la importancia del cuidado y educación de sus criaturas.
Sin embargo, educar hijos no es cosa fácil. Se tiene que dar un ambiente y un clima de intimidad y de confianza que genere la apertura necesaria para que el hijo “quiera” y aprenda sacarse adelante a sí mismo. Solo los padres están primariamente dotados con la sensibilidad que permite construir dicho ambiente de modo entrañable. Solo ellos pueden ejercer el principal protagonismo en la humanización de los hijos, la cual se puede resumir en dos cosas: amar la libertad y amar la fe. En eso radica también el primer apostolado de los padres… en compartir lo que uno ama, desde lo natural hasta la sobrenatural, y materializarlo en la vida familiar.
Pero el trabajo de los padres no se puede limitar exclusivamente a forjar los bienes materiales y espirituales, con sus respetivos causes, para lograr la felicidad de los hijos. El hijo siempre ha de ir a más. Superará los límites de la vida del hogar en aras de encontrar su propia identidad y así madurar en el mundo que espera su contribución personal.
San Josemaría supo advertir a los padres sobre la necesidad del acompañamiento que genera esta etapa de maduración y consolidación de la propia personalidad. Si los padres son los auténticos responsables de la educación de los hijos, entonces también han de ejercer un claro protagonismo en toda institución civil que se dedique a la educación de las futuras generaciones. Me parece que este es el reto actual de los padres y de las madres de familia: el reencontrarse con su verdadera vocación a la paternidad y la maternidad dentro y fuera del hogar familiar, un reto que San Josemaría supo ver y explicar... pero que indudablemente nos toca a nosotros desarrollar.











