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¿Acostumbras comparar a los papas?

2013-04-25

Aguascalientes, Ags.- A raíz del Cónclave y la elección del Papa Francisco, he observado en algunas personas una marcada tendencia por estar comparando a un Papa con otros. Que si éste era más carismático, aquel otro un tanto introvertido y menos popular, que si el de ahora es más simpático…

Lo primero que hay que dejar en claro es que al Romano Pontífice lo eligen los Cardenales con la inspiración del Espíritu Santo.

Dios, en su Providencia infinita, va preparando a un Sucesor de San Pedro para cada época. La Iglesia no es una invención de los hombres, si así fuera, pienso que hace siglos hubiera desaparecido al constatar los defectos y las miserias humanas de sus miembros.

Pero resulta que la Cabeza es Jesucristo mismo y los fines de su Iglesia son sobrenaturales, es decir, no se buscan fines humanos, sino la salvación de todas las almas. Además, el Señor profetizó que duraría hasta el final de los tiempos.

Se dice –equivocadamente- que el Papa Pío XII era muy poco sociable, tímido y no le gustaba salir fuera de los muros del Vaticano. A este Romano Pontífice le tocó vivir los horrores de la Segunda Guerra Mundial en Italia. Y, entre otras muchos aspectos ejemplares de su vida, ayudó –de modo heroico y arriesgando su propia vida- a esconder a miles de judíos perseguidos por los nazis en conventos, abadías, noviciados… Luego, gestionó con el gobierno de Estados Unidos el conseguirles pasaportes así como el dinero necesario para poder enviarlos rumbo a Norteamérica, donde podrían ser libres y no ir a morir a los campos de concentración.

Su sucesor, el Papa Juan XXIII, apenas gobernó la Iglesia cinco años. Sin embargo, desde los primeros días de su Pontificado comentó que Dios le estaba pidiendo que hubiera –cuanto antes- un Concilio Vaticano y, además, Ecuménico. A no pocos personajes de la Curia les pareció una locura porque la Santa Sede no tenía suficientes recursos económicos, ni personal suficiente, ni equipo técnico moderno y, mucho menos entendían lo de que fuera ecuménico. Es decir, a este Papa le interesaba mucho que se abriera un diálogo permanente de la Iglesia Católica con todas las religiones de manera que hubiera un acercamiento fraterno y cesaran los recelos, pugnas y disputas.

Pero no sólo fue eso, Juan XXIII quería que todos los Cardenales y Obispos del mundo estudiaran a fondo varias cuestiones claves: cómo cristianizar más y mejor la sociedad; impulsar de una manera decidida y renovada la acción de los laicos en el mundo laboral y en sus labores apostólicas; promover la santidad de los sacerdotes; animar a que se leyeran y estudiaran más las Sagradas Escrituras; profundizar más en la cuestión social para plantear soluciones frente a las tremendas diferencias socioeconómicas y culturales entre las naciones, etc. Aquello supuso toda una revolución dentro de la Iglesia. La pregunta fundamental sería preguntarnos, ¿fue sólo la ocurrencia de un hombre o realmente Dios estaba impulsando estos cambios de fondo en el seno de su Iglesia? La respuesta es evidente.

Después vino Paulo VI. Fue el gran defensor de la vida humana con su célebre encíclica “Sobre la vida humana” en donde aclaró que las uniones conyugales de los esposos deben estar ordenadas a tener hijos y que el uso de la píldora anticonceptiva ofende gravemente a los planes del Creador. Hubo, en algunos sectores de la Iglesia, reacciones en contra, pero el Papa se mantuvo muy firme. Además, no recuerdo encíclicas y escritos tan bellos que se hayan escrito sobre el amor que los cristianos debemos tener a la Santísima Virgen y cómo nos animaba al rezo del Santo Rosario en familia, que precisamente fue una de las expresas peticiones de la Virgen María a los tres pastorcitos en las apariciones de Fátima en 1917.

A continuación fue electo el Papa Juan Pablo II. El llamado “Papa viajero” y me parece que es una frase acertada porque hacía falta y urgía a la humanidad que el Papa saliera del Vaticano y se hiciera cercano, con sus incontables viajes, a todos los hombres y mujeres de la tierra.

Además, tenía una mente privilegiada. Como filósofo dominaba a los principales autores. Sus encíclicas estaban llenas de profundas reflexiones. No me cansaré de recomendar la lectura su magistral encíclica “El Evangelio de la Vida” en el que hace una valerosa defensa de la vida humana, desde el momento en que el ser humano es concebido hasta su muerte natural.

Tuvo la valentía de enfrentarse al régimen marxista-leninista de la Unión de Repúblicas Soviéticas Socialistas (U.R.S.S.) e iniciar largos y tenaces diálogos con sus dirigentes hasta lograr un hecho sin duda milagroso, porque no hubo derramamiento de sangre: que cayera el “Muro de Berlín” y que en esos países sojuzgados por el Comunismo por más de 70 años se volvieran a respirar aires de libertad y fueran conscientes de su gran dignidad como personas. Humanamente, todos estos hechos no tienen explicación, sin una particular intervención divina y este Papa fue un eficaz instrumento en las manos de Dios.

Benedicto XVI, por su parte, con sus decenas y decenas de libros publicados; sus cientos de ensayos y miles de discursos nos mostró aspectos novedosos de la Teología, hizo un brillante análisis y una detallada radiografía de los males de nuestra sociedad contemporánea, aportó soluciones concretas con sus encíclicas y, sobre todo, nos enseñó a dialogar con serenidad, a razonar sin apasionamientos estériles, a no etiquetar a nadie, sino que nos mostró el camino de cómo tener acercamientos no sólo con dirigentes de otras religiones sino con ateos y agnósticos. Todos ellos lo recuerdan con agradecimiento porque nunca impuso sus razones con la violencia verbal sino con una fina y admirable caridad.

Finalmente, el Papa Francisco me parece que es un Romano Pontífice que inmediatamente ha conectado muy bien con los fieles, gobernantes y ciudadanos de los cinco continentes. Me admiran su alegría, humildad, piedad y buen humor. Su capacidad para trasmitir grandes verdades teológicas en un lenguaje sencillo y asequible a todo público.

Considero oportuno hacer una aclaración. Nuestro Papa Francisco, muchos años antes de serlo, se ordenó de sacerdote jesuita y, por lo tanto, significa que ha obedecido fielmente la espiritualidad de su fundador, San Ignacio de Loyola. Y conocemos que todos los religiosos hacen votos públicos de pobreza, castidad y obediencia. Sabemos, además, que este Sumo Pontífice ama la austeridad, vive heroicamente la pobreza, gusta de comidas sencillas, es profundamente espiritual y ejemplar en muchos aspectos.
Pero no por eso, se puede llegar a afirmar –cito algunos ejemplos- que los anteriores Papas hicieron mal en usar un buen coche, ir a una cena de gala, o portar habitualmente un crucifijo en el pecho (pectoral) y un anillo de oro. Porque los anteriores, en su gran mayoría, se ordenaron como sacerdotes seculares y eso significa que tienen otra espiritualidad distinta a la de los religiosos.

De modo que han vivido otras maneras de practicar la pobreza (por ejemplo, viven con un verdadero desprendimiento de corazón con respecto a todos los objetos que normalmente que usan, aunque sean de buena manufactura); acostumbran realizar privaciones voluntarias en la comida y en la bebida en una elegante recepción con Presidentes de países o embajadores, de un modo tan natural y discreto, que procuran que nadie lo note; muchos han tenido por costumbre –algunas noches- dormir en el duro suelo como mortificación; o pasarse largas horas en oración, durante la noche, frente a Jesús Sacramentado, sacrificando horas de sueño; o han llevado dolorosas enfermedades o achaques con una alegre sonrisa y ofreciendo todas esas molestias a Dios, sin dejar de cumplir con sus obligaciones, etc. Lógicamente eso no es “noticia” porque no aparece en los medios de comunicación.

Por ello, considero que es importante no perder de vista que cada Papa tiene su propio carisma, su propia personalidad, y en el caso del Papa Francisco, su particular espiritualidad religiosa distinta a la de los sacerdotes seculares. “Todas las comparaciones son odiosas”, dice con certeza el dicho. Y además de que no dejan nada constructivo, acaban por desorientar a fieles con poca formación religiosa.

Por lo tanto, no hay que olvidar que absolutamente todos estos caminos –como lo estableció solemnemente el Concilio Vaticano II en su documento “La Luz de las gentes” (“Lumen Gentium”)- señala expresamente que pueden ser igualmente modos de alcanzar la santidad, si luchan seriamente por lograrla, los Papas, Cardenales, Obispos, religiosos, sacerdotes, fieles laicos, por un querer expreso de Dios. Por el solo hecho de estar bautizados, todos están llamados a ser santos, cada uno en su estado y condición de vida. Es una maravilla comprobar, a lo largo de XXI siglos de cristianismo, cómo hay llegado a los altares santos bastante distintos en sus personalidades y con muy diversas espiritualidades. Todos han sido igualmente elegidos por Dios y han sido llamados a imitar a un mismo Modelo, Jesucristo.

 

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