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HETERODOXIAS
Queremos tanto a Maggie
2013-04-10

Aguascalientes, Ags.- Según Margaret Thatcher, la gran líder que gobernó Gran Bretaña por 11 años, la sociedad no existe: lo que hay son “individuos, hombres y mujeres, y familias”. Aunque probablemente tenía razón, lo más relevante no fue su filosofía política y los principios con que condujo a la vieja Albión, ejemplificados con esa definición, sino la extraordinaria determinación y el poderío para ejecutar un programa basado en ellos.

Dicho de otra forma, hizo del arte de gobernar, eso: un arte.

Estos días, tras su muerte, los medios han hecho ya un pormenorizado recuento de los episodios más conocidos de sus distintos gobiernos, pero lo que ha sido poco destacado es que su estilo de liderazgo no tenía que ver con los vaivenes y caprichos de una sociedad a la que Thatcher creía inexistente ni, en consecuencia, estuvo sujeto a la llamada opinión pública.

En política ese matiz no es menor. Al contrario: como lo demuestra la propia Thatcher, es muy frecuente que los liderazgos históricos, o, dicho con más propiedad, aquéllos que con el tiempo merecerán ser parte de la historia, no son los que capitulan todos los días al amparo del estado de ánimo colectivo ni dependen de la tiranía de las encuestas, sino los que tienen una idea muy clara de lo que quieren hacer y lo hacen, aún en contra de todos los pronósticos, y son capaces de moldear a la opinión pública en función de objetivos políticos concretos, en lugar de ser esclavizados por ella. Y Thatcher lo hizo.

Reformó la economía, redujo el tamaño del Estado, borró a los sindicatos, privatizó empresas, controló férreamente a su partido, se alió con Washington para entonarle el réquiem a la guerra fría, y mantuvo firme su creencia de que el esfuerzo individual y la meritocracia son las bases del progreso de un país.

Los resultados de esas políticas y convicciones se han discutido hasta la saciedad, frecuentemente en clave crítica, pero buena parte de la fisonomía económica y política del mundo del siglo XXI, encontrará sus signos de identidad en el legado de Thatcher.

Gobernar no supone quedar bien con todos, entre otras razones porque toda unanimidad es siempre sospechosa y porque, al final del juego, la gente se harta de sus políticos, los echa del poder y se quedan solos, como relata Thatcher en sus memorias.

Al gobernar con eficacia, lo que importa no son las notas del día –cuyo valor es por completo efímero– sino los logros, las cosas que cambian de una u otra forma la vida de la gente, y que generan, éstas sí, las percepciones históricas.

En enero de 1990, justo meses antes de que Thatcher dejara el gobierno, le escuché decir a Bernard Ingham, su astuto y hábil jefe de prensa, ya verán, con los años la gente dirá: Maggie, regresa.

No regresó al poder, pero ingresó con señorío a la historia.

 
Reproducido con autorización de La Razón
 
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