
Benedicto XVI nació en 1927. Está cercano a cumplir 86 años. El martes 16 de abril llegará a esa edad.
Aguascalientes, Ags.- La noticia de la renuncia a la Sede de Pedro de Benedicto XVI me ha dejado pasmado. Para quienes amamos al “Dulce Cristo en la tierra” la decisión del Santo Padre nos deja como huérfanos. Pero ¿qué sabemos de los designios de Dios sobre su Iglesia y de la libertad y la conciencia de sus servidores!
Cuando Benedicto XVI fue elegido Papa, saltó a la calle un viejo y manido cliché: Ratzinger era el Gran Inquisidor, “el rotweiler de Dios”. Esta imagen procedía tal vez de la precipitación y de sus veintitrés años al frente de la Congregación de la Doctrina de la Fe (antiguamente llamada Santo Oficio), como colaborador del Papa Juan Pablo II. Tras esta etiqueta había quizá escaso conocimiento de su verdadero modo de ser. Poco a poco, se fue descubriendo que Ratzinger es en realidad un hombre sencillo, el hijo de un policía rural bávaro que se crió entre campesinos y que aprendió de ellos su cercanía y su sencillez. Es tímido, pero a la vez cálido y cercano.
Tuvo que ocupar lo que alguien calificó como “el lugar más duro de la Iglesia”. La Iglesia necesitaba un “guardián de la fe”, un carabiniere y – tal vez por herencia paterna- le tocó a él. Pero ese no era en absoluto su talante, su modo de ser. Ratzinger era un discreto profesor universitario, y no le gustaba demasiado tener que reprender a sus propios colegas, los teólogos. Dicho en términos gráficos: “El cardenal Ratzinger, Benedicto XVI, ha estado en el ring de las ideas y solo ha tenido una “obsesión”: la verdad. Habla con todos y para todos”.
El discreto prestigio de Benedicto XVI es fácil de apreciar, sobre todo tras la popularidad y la visibilidad que Juan Pablo II imprimió a la figura del pontificado. Se han cumplido ya unos años del pontificado intenso y silencioso del papa alemán, de quien se ha dicho que es “El Mozart de la teología”, ”un Tomás de Aquino de nuestros días” o -como su maestro San Agustín- “un poeta, un pastor y un pensador” . Sus palabras tendrán pues la elocuencia de Agustín, la capacidad de síntesis del Aquinate, la influencia de Lutero o la gracia y aparente ligereza de Mozart. Nos movemos, pues, entre la comparación y la hipérbole.
Benedicto XVI tiene ideas y palabras claras, y un programa bien definido para su pontificado que va llevando a cabo poco a poco. Este se fundamentaría -según un arzobispo de tierras asturianas- en la fe, en la razón y en la belleza, como sus tres principales pilares: “una fe que tiene razones y una razón que se hace creyente; una hondura que se expresa con sencillez porque bebe en la mejor tradición de la Iglesia, y una belleza que suscita el estupor ante la verdad y la adhesión al bien”.
El retrato se ha ido completando así, poco a poco, con más facetas y detalles. A los pocos meses de haber sido elegido, monseñor Javier Echevarría, obispo-prelado del Opus Dei, resumía sus cualidades y nos ofrecía algunos datos más. “Lo veo como una persona que sobresale por su inteligencia teológica, su certera visión de los problemas de la Iglesia y de la cultura, y su amplitud de horizontes. A eso hay que sumar su experiencia de largos años al servicio de la Iglesia y su honda vida espiritual. De su delicadeza y capacidad de escuchar, puede dar testimonio cualquier persona que haya tenido ocasión de tratarle un poco” (1) . Inteligencia, servicio, cortesía, oración se repite una y otra vez. En estas páginas tan solo pretendo presentar a Joseph Ratzinger como un intelectual, un pastor y un hombre sencillo, que ha llegado a ser el sucesor de Pedro en los controvertidos momentos actuales. Un ”humilde trabajador de la viña del Señor”, como se definió él mismo al ser elegido papa.
Ha contado siempre con una profunda espiritualidad que nace sobre todo del amor a la Escritura y a la liturgia. Razón, corazón y oración constituirían los tres ejes de coordenadas de su personalidad y su pensamiento. Al mismo tiempo se trata de alguien capaz de entender el momento presente, algo complejo desde el punto de vista social, cultural e intelectual, a la vez que se intenta conectar con esa misma verdad eterna, que para el cristianismo se ha encarnado –por amor- en la persona de Jesucristo. Dios, la Iglesia y el mundo actual serían los grandes temas de su pontificado. Tal vez por esto mismo, el papa alemán está desarrollando también un papel activo en la escena internacional, “el desarrollo de la presencia de Benedicto XVI en el escenario internacional en el tercer milenio”, y añadía que, paso a paso “el Papa está entrando, con su estilo señorial reservado, en los corazones de la gente” (2).
A la vista de esa decisión que el Santo Padre toma en conciencia –allí donde cada hombre sincero es capaz de escuchar la suave voz de su Dios- sólo podemos repetir: Gracias por todo, Santidad. ¡Rece por nosotros!
* El Dr. Carlos Cervantes Blengio, Pbro., es Capellán de la Universidad Panamericana Campus Bonaterra Aguascalientes
(1) J. Echevarría, entrevista con C. Cavalieri, en Nuestro Tiempo, 612 (junio 2005) 39.
(2) M. Lago, <<Dos cardenales y un teólogo retratan al Papa>>, Zenit (22. 5. 2008).
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