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Otto Granados RoldánOtto Granados Roldán:
- Licenciatura en Derecho, por la Universidad Nacional Autónoma de México
- Maestría en Ciencia Política, por el Colegio de México

Actualmente
- Profesor-investigador de tiempo completo en el Tecnológico de Monterrey
- Co-dirige programas académicos de capacitación para funcionarios públicos en el Centro de Estudios sobre México de la Unión Europea y la Fundación Ortega y Gasset
- Director del Instituto de Administración Pública del Instituto Tecnológico y de Estudios Superiores de Monterrey  (ITESM), a nivel de todo el sistema.
- Imparte  conferencias y seminarios en México y en el extranjero, y realiza actividades editoriales y de consultoría.

Cargos ocupados
en el Sector Público

- Consejero del Fondo de Cultura Económica y de BANOBRAS
- Secretario Particular del Secretario de Educación Pública
-  Oficial Mayor de la Secretaría de Programación y Presupuesto
-  Director General de Comunicación Social de la Presidencia de la República
-  Gobernador del estado de Aguascalientes (1992 a 1998)
- Consejero de la Embajada de México en España
-  Embajador de México en Chile

 
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HETERODOXIAS

¿Y si pierde Chávez?

2012-08-24

Aguascalientes, Ags.- Prácticamente todos los análisis sobre el largo mandato de Hugo Chávez han documentado con abundante evidencia las modalidades con que el antiguo golpista ha pisoteado las más elementales formas democráticas en Venezuela y el desastre que ha sido su gobierno.

Pero lo que casi nadie se ha imaginado, al menos fuera de ese país, es no sólo la ingobernabilidad sino el caos en que caería Venezuela si el ganador de las elecciones presidenciales del próximo 7 de octubre fuera el candidato de la oposición, Henrique Capriles.

Este es, ciertamente, un fascinante tema académico, pero es, sobre todo, un grave dilema político al que se enfrentarán los venezolanos y que podría resumirse de la siguiente manera: aceptar un período de crisis que nadie sabe por dónde va a estallar ni cómo y cuándo se podría superar o asumir que Chávez se quede hasta 2019, con lo que habría cumplido dos décadas en el poder. Las opciones, como pasa en política, son la mala y la peor.

Por un lado, son claras las lecciones que dejan los regímenes neoautoritarios: llegan mediante elecciones teóricamente democráticas y luego, gradualmente, van usando los instrumentos de la misma democracia para destruirla, con la tolerancia o, de plano, la participación activa de una porción de la ciudadanía que, seducida por los gestos dadivosos del sátrapa, inició un sueño del que lo despertará, tarde o temprano, de manera pacífica o violenta, una trágica pesadilla.

Pero, por otro, también es evidente que Chávez ha construido un andamiaje sobre el que ha sostenido su dictadura perfecta. Controla tanto el poder legislativo, que debe validar la elección presidencial y hacer la declaratoria legal respectiva en enero de 2013, como a los magistrados del Tribunal Supremo de Justicia; la mayor parte del generalato de las Fuerzas Armadas venezolanos fueron designados por Chávez de entre sus antiguos compañeros de armas (y de intento fallido de golpe de estado en 1992), y mantiene un dominación muy consistente sobre el aparato del Estado, incluidas las principales fuentes de financiamiento público como PDVSA, la petrolera estatal.

En consecuencia, una hipotética victoria de Capriles llevaría a un conflicto postelectoral y, muy probablemente, a detonar, bajo la dirección de Chávez, una crisis política e institucional que, en principio, le impidiera asumir la presidencia, mediante un golpe de mano de la Asamblea Nacional, o bien sumir al nuevo gobierno en una situación de inestabilidad tal que lo hiciera inviable.

¿Por dónde se inclinarán los venezolanos? Hasta ahora, las numerosas encuestas, las buenas, las malas y las peores, dan una ventaja consistente a Chávez, y, no obstante que hay un porcentaje de indecisos de dos dígitos, no parece que vaya a ser suficiente para derrotar a Chávez.

De todas formas, en octubre o después, Venezuela se enfrentará a la peor de las disyuntivas: atestiguar la profundización de la crisis actual o aguardar a que las cosas cambien, paradójicamente, por vías no democráticas.

 
Reproducido con la autorización de La Razón
 
 

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