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Otto Granados RoldánOtto Granados Roldán:
- Licenciatura en Derecho, por la Universidad Nacional Autónoma de México
- Maestría en Ciencia Política, por el Colegio de México

Actualmente
- Profesor-investigador de tiempo completo en el Tecnológico de Monterrey
- Co-dirige programas académicos de capacitación para funcionarios públicos en el Centro de Estudios sobre México de la Unión Europea y la Fundación Ortega y Gasset
- Director del Instituto de Administración Pública del Instituto Tecnológico y de Estudios Superiores de Monterrey  (ITESM), a nivel de todo el sistema.
- Imparte  conferencias y seminarios en México y en el extranjero, y realiza actividades editoriales y de consultoría.

Cargos ocupados
en el Sector Público

- Consejero del Fondo de Cultura Económica y de BANOBRAS
- Secretario Particular del Secretario de Educación Pública
-  Oficial Mayor de la Secretaría de Programación y Presupuesto
-  Director General de Comunicación Social de la Presidencia de la República
-  Gobernador del estado de Aguascalientes (1992 a 1998)
- Consejero de la Embajada de México en España
-  Embajador de México en Chile

 
 
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HETERODOXIAS
¿Qué pasó con las encuestas?

Otto Granados
og1956@gmail.com

2012-07-04

Aguascalientes, Ags.- Mi maestro Rafael Segovia solía decir que si las ciencias sociales no pueden predecir entonces no sirven para nada. Algo de eso ha ocurrido con las encuestas públicas de esta temporada. Vayamos por partes. Lo normal es que en unas elecciones haya tres actores: candidatos, autoridades y electores. Pero como en México las cosas son siempre surrealistas, esos actores legítimos fueron suplantados por el protagonismo de conductores de televisión, erigidos en sanedrín ante el que comparecían los candidatos; de algunos columnistas, que iluminaron el sendero ciudadano al hacernos el favor de explicarnos en detalle por quién votarían, y por encuestadores, que anticiparon un ganador pero con unos números que, otra vez, no resultaron.

En abril, por ejemplo, siete encuestadoras otorgaban a Peña Nieto entre 10 y 26 puntos de ventaja sobre su segundo competidor; en mayo entre 13 y 23; en junio, entre 12 y 19, y una semana antes de la elección daban entre 10 y 19 puntos en favor del candidato del PRI; sólo una de ellas sorprendió en el ínterin al ubicar la distancia en 4 puntos y semanas después corrigió...…su acierto.

El promedio general, en suma, estuvo sobre los 17 puntos. Al final, sin embargo, la diferencia ha sido de 6.51 por ciento. ¿Qué pasó?

Las explicaciones habituales —”las encuestas son fotos del día”; “hay un voto oculto”; “no son pronósticos”; “los indefinidos y los independientes sesgaron los datos”, etc.— parecen sugerir dos hipótesis y una oportunidad.

Una, grave, es que, no obstante la capacidad profesional y la amplia preparación académica de varios encuestadores, simple y sencillamente haya habido una especie de corrupción metodológica, es decir, una alteración, deliberada o no, de la información con finalidades políticas o económicas. Dicho de otra forma: que las encuestas en realidad formaron parte de una agenda en función de los intereses del encuestador y/o de quien lo patrocinó.

Otra, saludable, es que los usuarios y clientes de las encuestadoras terminen por darse cuenta de que esta peculiar forma de tiranía tiene un valor muy relativo o, de plano, que es una mala inversión, en muchos sentidos. Por un lado, en regímenes donde no hay reelección consecutiva, esos termómetros cotidianos pueden ser más un inhibidor que un detonador de buenas decisiones. Por otro, una mala información que las encuestas proporcionen facilita eso que Reyes Heroles observaba en la política: que los engaños son usualmente autoengaños.

Y la oportunidad es que se aproveche el momento para una depuración del gremio. En España, Chile o Perú, por ejemplo, hay no más de dos o tres encuestadoras confiables y respetadas. No hacen falta más.

La moraleja, que no por repetida deja de ser aleccionadora, se la escuché a un encuestador muy conocido y buen amigo mío: cuando alguien le dijo que no creía en las encuestas, él respondió: “Ah, yo tampoco. Yo creo en el negocio de las encuestas”.

Nunca más cierto que ahora.

 
Reproducido con la autorización de La Razón
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