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Otto Granados RoldánOtto Granados Roldán:
- Licenciatura en Derecho, por la Universidad Nacional Autónoma de México
- Maestría en Ciencia Política, por el Colegio de México

Actualmente
- Profesor-investigador de tiempo completo en el Tecnológico de Monterrey
- Co-dirige programas académicos de capacitación para funcionarios públicos en el Centro de Estudios sobre México de la Unión Europea y la Fundación Ortega y Gasset
- Director del Instituto de Administración Pública del Instituto Tecnológico y de Estudios Superiores de Monterrey  (ITESM), a nivel de todo el sistema.
- Imparte  conferencias y seminarios en México y en el extranjero, y realiza actividades editoriales y de consultoría.

Cargos ocupados
en el Sector Público

- Consejero del Fondo de Cultura Económica y de BANOBRAS
- Secretario Particular del Secretario de Educación Pública
-  Oficial Mayor de la Secretaría de Programación y Presupuesto
-  Director General de Comunicación Social de la Presidencia de la República
-  Gobernador del estado de Aguascalientes (1992 a 1998)
- Consejero de la Embajada de México en España
-  Embajador de México en Chile

 
 
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HETERODOXIAS
Egipto: una primavera, al parecer, fallida

Otto Granados
og1956@gmail.com

2012-06-27

Aguascalientes, Ags.-  En enero del año pasado escribí en este mismo espacio que las movilizaciones en el mundo árabe que finalmente llevaron al derrocamiento o muerte de varios sátrapas que habían gobernado largo tiempo, podrían dar paso a una colección de gobiernos islámicos más radicales, entre otras cosas porque, aunque se escuche políticamente incorrecto, es una región donde no ha habido tradición democrática ni una cultura institucional fundada en la ley que garanticen una transición exitosa.

Y, me temo, no las habrá en varios años.

La victoria de Mohamed Morsi, el candidato de los Hermanos Musulmanes, una antigua organización islámica fundada en los años veinte del siglo pasado, a la presidencia de Egipto, aun cuando ofrezca una imagen relativamente moderada y era una opción menos impresentable que la del candidato de los militares, no augura los mejores tiempos para este país ni, de hecho, para una región convulsionada por la pobreza, los extremismos y el autoritarismo.

Pongámoslo de la siguiente forma: cuando surgió la llamada primavera árabe, muchos medios, observadores y analistas echaron las campanas al vuelo para asegurar alegremente que era el despertar de la democracia y la libertad. Pero una aproximación más sosegada muestra que la articulación de regímenes políticos modernos tiene que ver con valores, con cultura cívica y con bienestar social y económico que los hagan sostenibles en el tiempo y homologables de acuerdo con los estándares internacionales. Justo lo que no existe en Egipto ni en Siria, ni en Libia, ni en Túnez, ni en Marruecos ni en muchos otros países árabes.

Sin dejar de reconocer que su victoria es producto de elecciones más o menos limpias e imaginando que tiene alguna voluntad política, condición todavía en duda, Morsi enfrenta dos problemas.

Uno de tipo estructural que es la enorme dificultad para levantar instituciones democráticas (hoy Egipto se ubica en la posición 138 sobre 167 países en el Democracy Index 2010, de The Economist ) prácticamente de la nada. Y el otro es que a Morsi —que no es Ataturk— le será casi imposible gobernar entre los radicales de su propia organización, que quieren, como la mayoría en el Magreb, un Estado sometido al Islam, una sociedad teocrática y, válgame Dios, “crear una nueva civilización”, y los militares que mantienen un estricto control político de áreas clave del régimen.

Es verdad que, en las actuales circunstancias de Egipto, era impensable aspirar a un salto cuántico, pero también lo es que no pocos de los regímenes autoritarios suelen defenderse bien cuando crean espejismos que, de una forma o de otra, les facilitan mantener el statu quo, y que los medios internacionales les compran rápidamente.

La moraleja es que la distancia que media entre las reacciones emocionales que suelen producirse ante primaveras y movimientos y la construcción de una arquitectura jurídica, institucional y política propia de una democracia liberal y abierta suele ser demasiado larga.

 
Reproducido con la autorización de La Razón
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