Aguascalientes, Ags.- Otra razón que ha puesto en jaque el diseño convencional de educación superior formal, es que las universidades exitosas y competitivas están migrando del modelo exclusivamente docente (es decir producir títulos a granel) a otro más enfocado a la investigación aplicada (producir conocimiento, patentes e innovación), porque es mucho más útil para un país y más rentable para las universidades y académicos.
Por ejemplo, en las universidades mexicanas privadas de prestigio (las públicas no tienen problema porque viven del erario), posiblemente el 90% o más de sus ingresos viene de las colegiaturas; en cambio, en el MIT sólo 27% sale de las colegiaturas contra el 43% que proviene de la investigación; en Princeton esta relación es de 21% contra 22% respectivamente, y en Harvard 36% de sus fuentes de financiamiento deriva de las colegiaturas y 22% de la investigación. Hay que decir que en estos últimos casos las donaciones privadas y la rentabilidad de sus patrimonios (endowments) son considerables, pero de todas formas la migración mencionada es un indicador al menos sugerente de la transformación que está sucediendo.
Si las buenas universidades privadas quieren seguir atrayendo estudiantes de excelencia, en un contexto donde la buena educación es crecientemente cara, tenderán a volverse mucho más rigurosas en el reclutamiento o bien van a tener que subsidiarlos mediante una captación mayor de donaciones y de ingresos, derivados de la generación de conocimiento valioso. Lo más probable es que ocurran ambas cosas.
Ahora bien, puede argumentarse que quienes van a producir ese tipo de conocimiento son desde luego los investigadores, y éstos saldrán de los programas docentes, razón por la cual el modelo tradicional subsistirá. Sí, pero sólo en parte. En el futuro, las universidades más avanzadas ya no arrojarán masivamente egresados de todas las carreras (en México el Observatorio Laboral incluye 76 como las “más representativas”), sino que serán más selectivas, orientando sus programas docentes de licenciatura y posgrado a las prioridades de investigación que quieren desarrollar, contratando gente de muy alto perfil de otras instituciones o importando cerebros académicos de buenas universidades extranjeras, con salarios más competitivos y un ambiente de vida muy atractivo.
¿Estas tendencias marcan el fin de títulos y universidades tradicionales? No necesariamente. Más bien, como apunta Moisés Naím, no es “que un diploma universitario no sea deseable. Lo que quiere decir es que depende del diploma, de la universidad que lo otorga y del país. Y que en ciertos casos un diploma no es el camino a la prosperidad, sino una costosa pérdida de tiempo”.
México necesita repensar, recrear y reinventar el diseño conceptual y el modelo de organización, gestión y funcionamiento de la educación superior para que su comunidad académica y estudiantil, la sociedad en su conjunto y el país participen de una distribución justa, equitativa y eficaz de los bienes del conocimiento y, con ello, tengan mejores condiciones de vida y bienestar.