Según datos de las Naciones Unidas, aproximadamente mil millones de jóvenes viven en el mundo hoy. Eso significa que una persona de cada cinco, aproximadamente, tiene entre 15 y 24 años, o que el 18% de la de la población global son jóvenes.
Recordemos todos aquellos que ya no somos tan jóvenes, cómo éramos a esa edad: entusiastas, alegres, llenos de esperanzas y con grandes ideales que nos empujaban a querer cambiar el mundo en el que vivíamos. Nuestra influencia era hasta cierto punto limitada a un entorno pequeño y los retos eran de igual forma envueltos dentro de la misma realidad cultural en la que nos encontrábamos.
Hoy, los más de mil millones de jóvenes, sin dejar de presentar los rasgos psíquicos, emocionales, intelectuales y espirituales que todo joven por la propia edad presenta, se enfrentan al gran reto de la riqueza multicultural. Con la globalización, el mundo se ha hecho más pequeño y con los nuevos medios de comunicación y la tecnología las distancias se han acortado de forma impresionante.
Hoy, un joven asiático puede entrar en contacto con un joven latinoamericano o europeo, las fronteras se han derribado y las diversas culturas se han encontrado con la desafiante inquietud de comprenderse mutuamente. Cuando el encuentro se hace de forma virtual y las inquietudes surgen, con apagar el switch se resuelve el problema de incomprensión, pero cuando el encuentro es personal no puedes apagar ningún switch y lo que origina es un hondo cuestionamiento de sí mismo, de las propias ideas, cultura y creencias y lo que salta a la conciencia de muchos jóvenes no puede acallarse. Es por ello que hoy, ante el movimiento de miles de jóvenes de todo el mundo para encontrarse en Madrid por la JMJ (Jornada Mundial de la Juventud) les ha inquietado a muchos otros jóvenes su presencia y no logran comprender su entusiasmo, su alegría, su entrega y su fe, por ello protestan y se manifiestan.
Viene a mi memoria en razón de este encuentro de diferentes formas de pensar la afirmación que hace Benedicto XVI, cuando aún era el Cardenal Ratzinger, y que me permito comentar de forma muy breve y no textual, que la incredulidad y la fe van muy de la mano y que están más cerca de lo que nos imaginamos y es justo ahí donde estos jóvenes pueden lograr el encuentro: Quien tiene fe a veces se pregunta “quizá no exista”, pero quien no tiene fe también se pregunta y si “quizá si exista”. De la respuesta que cada uno dé a ese “quizá” forjará su vida, pero al mismo tiempo ese “quizá” será quien los una y de ahí tiene que partir la mutua comprensión y respeto. |