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Opinión

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DR. ALFONSO PÉREZ ROMO
Licenciado en Medicina y Cirugía por la Facultad de Medicina, UNAM; y con Posgrado en Ortopedia Pediátrica y Pediatría Clinica, Hospital Infantil de la Ciudad de México, ha sido pediatra, catedrático, rector, conferencista, hombre de negocios y es gran conocedor de la Historia del Arte, de la tauromaquia y de la administración académica.
Por varios años ha sido uno de los pilares de la Universidad Autónoma de Aguascalientes, de la que fue uno de sus fundadores.

 
 
 
 
 
 
El sentido de lo sagrado
  Alfonso Pérez Romo
  • Una ola de irresponsabilidad amenaza a la sociedad mexicana
  • Tenaz desacralización de los lazos matrimoniales
  • El mundo moderno confisca los derechos heredados por la cultura
Aguascalientes, Ags., a 22 de enero del 2010

 

A riesgo de ser tachado de oscurantista, homófobo, retrógrado, fanático o hasta instrumento de “la derecha” (¿existen en México una izquierda y una derecha?), epítetos que, por otra parte, viniendo de quienes los profieren, se convierten más bien en una distinción y un estímulo para nunca renunciar a la verdad, escribo estas líneas empujado por la ola de irresponsabilidad histórica, ética y social que amenaza gravemente a nuestra sociedad hoy.

No sólo nuestro país, sino el mundo moderno en general, parecen probar que es más sencillo destruir instituciones y valores que crearles.

Los últimos sucesos que se dieron en el seno de la Representación Popular del Distrito Federal al sancionar como matrimonio la convivencia de parejas homosexuales, independientemente de tratarse de una extrapolación absurda de una institución sagrada (no sólo en sentido religioso que, ciertamente lo es), sino sagrada para todas las civilizaciones y etnias, de todos los tiempos y de todos los lugares, pone al descubierto el peligro más grande que acecha a la sociedad actual: La pérdida del sentido de lo sagrado.

Por la pérdida de este sentido, ya no existe la honestidad en el Servicio Público ni en los asuntos privados; la “palabra sagrada” que valía mil veces más que un garabato en un papel contractual, es cosa del pasado; el funcionario público puede usar los dineros de su pueblo como si le pertenecieran sin que nadie pueda pedirle cuentas y el ciudadano común busca el provecho propio, corrompe y es corrompido a costa de su propia honestidad.

Hoy se quiere justificar el aborto con los mas estúpidos argumentos que puedan darse: (que si la mujer puede hacer con su cuerpo lo que le dé la gana), como si el ser que procrea fuera parte de su cuerpo; (que no se ha determinado cuándo un embrión se vuelve feto y cuándo el feto pasa a ser persona), como si el estar consciente de sí mismo fuera definitorio de vida; con este pedestre argumento, habría que matar a todos los que caen en coma, reversible o no, a los pacientes de alzhéimer, y los enajenados mentales. A quienes piensan así habrá que recordarles que un pequeñísimo organismo que se está reproduciendo incesantemente en millones de células altamente especializadas con absoluta autonomía genética, no puede ser reconocido científicamente sino como vida; vida en constante perfeccionamiento, vida desde el inicio del proceso, vida siempre.

Pero lo que está perdido para muchos es el sentido sagrado de la vida, y cuando este sentido se pierde en cualesquier aspecto, se empieza a perder en todos los sentidos; por eso mismo, porque la vida ya no se considera intocable, sagrada, existen ahora en nuestro país muchos miles de sicarios que asesinan con frialdad escalofriante, porque al hacerlo experimentan la misma sensación que cuando cazan un venado o matan un perro en la calle; y por eso, también, se asesinan cientos de mujeres en Ciudad Juárez (y en otras partes) sin que aparezca la mano de la justicia.

Lo que está en juego hoy no es una disputa entre conservadores y liberales, entre derechas e izquierdas, o entre creyentes y agnósticos; no es tampoco la libertad, igualdad o el poder, sino la sabiduría y el respeto a los valores y el sentido de lo sagrado que forman el “legado social” de las generaciones.

La sociedad la formamos no solamente quienes vivimos; la conforman por igual nuestros muertos y todos los que aún no han nacido. Se deshonra a los antepasados cuando se rompen las vigencias y los valores que constituyen las relaciones de obligación mutua entre generaciones y se destruye y corrompe la herencia de que somos garantes ante los que no han nacido todavía.

En la institución matrimonial se juega el destino, no sólo de la familia, sino de toda la sociedadUna nación no se define por instituciones o fronteras, si no por su lenguaje, religión y nivel cultural. En tiempos destructivos y de desorientación, son éstas cosas espirituales las que deben ser protegidas y reafirmadas.

En todas las sociedades humanas existe la forma matrimonial como medio de mantener la identidad y el equilibrio sociales, al tiempo de conseguir que cada generación trabaje para el bien de la siguiente.

El matrimonio no sólo protege y nutre a los hijos; es una forma única de cooperación social y económica con una división de roles que mutuamente se potencian en eficacia y seguridad; es mucho más que un contrato de colaboración y convivencia; es un voto sagrado que transforma y obliga.

Las ceremonias con que todos los pueblos en todas partes y en todos los tiempos celebran festivamente el matrimonio como un rito de paso hacia otra condición de desarrollo y responsabilidad personal y comunitaria, son la mejor prueba de la íntima y profunda consecuencia que su preservación representa para la vida de la sociedad entera.

Cualquier cambio que le afecte, tiene por tanto, fatales consecuencias no solo para los miembros vivos de la sociedad, sino en las expectativas de quienes no han nacido todavía y por supuesto, en el “legado social” que se les ha encomendado.

Hasta las más primitivas sociedades humanas han contado con el matrimonio como una condición religiosa; pero por supuesto, no hace falta ser creyente en una religión para comprender y aceptar compromisos sagrados; el viejo e inolvidable maestro de la Facultad de Medicina de la UNAM que me enseñó a amar el juramento hipocrático y me demostró las razones para convertirlo en compromiso sagrado en el ejercicio de mi profesión, era un agnóstico.

Hay una tenaz desacralización de los lazos matrimoniales; no sólo porque el matrimonio es gobernado hoy también por la ley secular, sino porque estas leyes son alteradas frívolamente, no con el fin de reforzar la idea de un compromiso existencial, sino, por el contrario, para facilitar la evasión de las responsabilidades mutuas, rescindir los acuerdos, y reformarlo como a un contrato cualquiera.

Los hechos que convierten al matrimonio en algo que transforma el estatus social de los contrayentes y su misma personalidad al hacerlos forma nueva que se constituye por la unión íntima de los dos en juego, parece querer suplantarse hoy para quedar en un simple acuerdo temporal de cohabitación.

¿En dónde queda el derecho sagrado de la prole en cuanto a su formación y seguridad?

¿En dónde queda la posibilidad de amar sin recompensa, de donar algo de sí mismo no sólo a los suyos sino a la sociedad entera?

Mientras no se comprenda que en la institución matrimonial se juega el destino, no sólo de la familia, sino de toda la sociedad, de la vida económica, política y cultural de la nación estaremos en peligro grave de descomposición, de anarquía y de absoluta pobreza.

El cambio del matrimonio desde un compromiso existencial sagrado hacia uno simplemente contractual o aun a simulaciones grotescas, representa también una deformación de la fenomenología de la unión sexual y un retroceso de un mundo basado en vigencias sustanciales, a otro de negociaciones ocasionales.

Un mundo de votos, es un mundo de acuerdos consagrados que no pueden ser violados sin afectar a otros seres, otros derechos y toda una sociedad.

El Estado posmoderno, como un nuevo Doctor Frankestein, se encuentra atemorizado por el monstruo de los medios masivos de comunicación que él mismo se encargó de inflar sin medida en su poder. Cualesquier alboroto ciudadano o algarabía plebeya lo llena de zozobra y lo amedrenta, no por sí misma, que muchas veces no es más que llamarada de minorías manipuladas, sino por la magnificación sensacionalista de los medios masivos que convierten cualquier gritería callejera en gravísima amenaza electoral. Esta es la explicación de tantas concesiones absurdas y oportunistas.

Los medios masivos convierten cualquier gritería callejera en gravísima amenaza electoral

La actitud del Estado posmoderno en relación con el respeto por la vida, se encuentra claramente expresado en la opinión que la Suprema Corte de los EE.UU. dejó para constancia de que la imbecilidad no es patrimonio exclusivo de nadie, en relación con el caso llamado “Roe vs. Wade”. Estos ministros descubrieron que en su Constitución no se halla ninguna mención del nonato como sujeto de derecho, declarando por tanto, que el feto no tiene ningún derecho, por tanto, ni a la vida ni a nada.

Todo esto refleja un vasto movimiento del mundo moderno para confiscar los derechos heredados por la cultura.

Las asombrosas frivolidad, incultura, insensibilidad social e irresponsabilidad legislativa de que han hecho gala los diputados del Distrito Federal al sancionar legalmente la convivencia de homosexuales y homologarla grotescamente con el matrimonio intersexual y permitiendo la adopción de menores por estas parejas, además de ganarse el repudio por caricaturizar una de las más nobles instituciones creadas por la cultura de todos los grupos humanos, pone en la vida social un peligroso germen de anarquía moral, divide gravemente a la nación y juega irresponsablemente con el porvenir de los pequeños que entrega a la dudosa tutela de uniones atípicas, proclives a la desunión y al conflicto y eminentemente problemáticas, como consta a educadores, médicos y psicoterapeutas con experiencia en el trato de ciertos grupos humanos.

El Estado y la sociedad son inseparables pero distintos y el intento de absorción del uno por el otro es el camino que conduce a un cuerpo político falsificado y estéril.

La separación Iglesia-Estado es doctrina aceptada desde el inicio del Cristianismo por la Iglesia. Comienza con la declaración de Jesucristo cuando es interrogado en relación con los tributos: “Dad al César lo que es del César y a Dios, lo que es de Dios”.

Lo que pasa hoy es un augurio sombrío para el inicio del Siglo XX1.

La Iglesia Paulina fue diseñada no como un cuerpo soberano sino como una ciudadanía universal que apela a la protección del Estado pero que no aspira a disputarle el poder civil del orden legal. Esta doctrina fue ampliamente comentada por San Agustín en “La ciudad de Dios” y confirmada por San Gregorio Magno en el Siglo V; otro Papa, San Gelasio I, en el mismo Siglo V, promulgó la separación como doctrina ortodoxa, y Marsilio de Padua, pensador del Siglo XIV, sostiene que es el Estado y no la Iglesia, quien garantiza la paz civil y es a quien debe apelarse en cualquier materia de jurisdicción temporal.

Cierto que en algunas épocas aciagas de la historia, tanto la Iglesia como el Estado han violentado esta doctrina invadiéndose mutuamente en sus atribuciones, provocando graves trastornos y luchas enconadas. Así les fue en la experiencia.

La relación en el mundo actual es un consenso respetado, en el que fuera de ciertas sociedades fundamentalistas, existe una comprensión clara de los límites de una y otra potestades. Lo cual no quiere decir que una abrumadora mayoría de creyentes no deba ser escuchada y tomada en cuenta cuando se trata de cuestiones legales que la afectan a profundidad. Ni quiere decir que en un país que se precia de democrático, un representante de la iglesia no pueda alzar su voz sin ser denostado cuando habla por más de ochenta millones de personas cuya herencia cultural, cuyo depósito de los más sagrados vínculos sociales, cuyas más sólidas instituciones cívicas y valores éticos son banalizados y devaluados por burócratas pasajeros.

La libertad de conciencia requiere de un Gobierno secular. Pero, ¿qué es lo que hace legítimo el quehacer del Gobierno secular? Lo que lo legitima no es otra cosa que el consenso de quienes van a obedecer sus leyes; consenso en que está explícito un contrato social en donde cada persona está de acuerdo con todas las demás en los principios que rigen al gobierno, y por un proceso a través del cual todo ciudadano participa en la creación y aplicación de las leyes.

No es lo mismo Estado laico, que Estado excluyente, intolerante, o proclive a la invasión de la intimidad y la integridad de los ciudadanos.

Lo que pasa hoy con la palabra, con la vida y con la integridad de la familia, es algo de lo más grave que ha pasado en México en todo el siglo XX y un augurio sombrío para el inicio del siglo XX1.

Hagamos lo que tengamos que hacer para detener la descomposición social y para poder responder de su herencia a nuestros sucesores.

 

 
 
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