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El penoso caso de los maestros mexicanos
  Por René Mondragón  
Aguascalientes, MÉXICO, a 04 de octubre del 2010
 

Mi primer amor

Mi primer amor fue una maestra guapísima –así la veían mis infantiles y castos ojos– a la que le decíamos Mimí. Era la titular de mi glorioso cuarto año de primaria, estudiado en una escuela de gobierno en Tlalnepantla.

Nos quería mucho y nos exigía mucho, por eso el grupo fue de los mejores en aquella generación. Creo que la maestra Mimí perfiló mi vocación como aprendiz de escribano. Cada falta de ortografía había que escribirla correctamente y repetirla 300 veces en una libreta especial que mamá me había comprado.



Creo que aprendí la lección porque sigo bendiciendo la oportunidad que Dios me regaló con una maestra como ella. No sé si se casó y me traicionó. De todos modos la sigo recordando con cariño; como si fuera Sidney Poitier, pero en bonito.

¡Oh, infame dolor!

Aunque este lamento borincano más bien parezca un reclamo del Rigoletto de Verdi, la verdad es que sí provoca una tristeza que da mucho que pensar; sobre todo ahora que tanto “Iniciativa México” como “El búho no ha muerto” de Ferriz de Con, están haciendo esfuerzos denodados para elevar nuestra competitividad como país.

El infame dolor es provocado por una sorpresa que, aun cuando es un secreto a voces, cada vez que se menciona lacera y lastima el presente de nuestros niños, amén de comprometer el futuro de las nuevas generaciones.

El tema es simple: ¡cuatro de cada seis maestros del Sindicato Nacional de Trabajadores de la Educación (SNTE) reprobaron el Examen Nacional de Actualización. ¿No es como para tomar un perejil y cortarse las venas en la estación del Metro Balderas?

Los ilustres mentores en cuestión –imaginen la situación, mis adorables lectoras y gentiles lectores– son los encargados del proceso de enseñanza-aprendizaje en preescolar, primaria y secundaria.

El hecho es relevante porque, así, cualquiera puede explicarse que llegue un chavo a la preparatoria, con problemas serios de lecto-escritura y sin tener ni la más remota idea de lo que leyó en dos páginas de un comic del Chavo del Ocho.

Ya no diga usted el desconocimiento de cualquier cosa que tenga que ver con el léxico, la sintaxis o las elementales reglas de ortografía, en muchos trabajos entregados a nivel licenciatura, aunque el sujeto se emocione con ser parte del Comité de Huelga y no tenga más aspiraciones que llegar algún día a ser como Carlos Imaz o René Bejarano. Después de todo, hasta Julio César Godoy Toscano ya se hizo diputado con fuero.

¡Chanfle y rechanfle!

Yo no sabía la dimensión del problema. El examen que reprobaron los profes mide los conocimientos que tienen ellos para facilitar el aprendizaje de 24 millones de niños en México, en temas como matemáticas, español y ciencias.

¿Sabe usted qué es lo peor? Que los mismos índices de reprobación se han mantenido en los últimos tres años, de acuerdo con el cuarto informe de la Secretaría de Educación Pública (SEP). El asunto es gravísimo porque sólo acreditan el 50 por ciento de los maestros que llegan a los exámenes nacionales; esto es, sólo 219 mil maestros aprobaron; lo que significa que 185 mil 604 profesores ­–45.8 por ciento– no pasaron ni de panzazo.

Así, es muy difícil que veamos con optimismo la competitividad de nuestros niños. Ellos, los pequeños, no van a competir contra niños de Chimalhuacán, de Tenixtepec en Oaxaca o de la Sierra Tarahumara. No van a competir con estudiantes de Chihuahua o Nuevo León. Van a competir con jóvenes y niños estudiantes de Malasia, Alemania, Hong Kong, Singapur o la comunidad europea.

Si 12 millones de niños tienen maestros que reprueban, pero están bien apalancados con “la ticher” Gordillo, esto será cuento de nunca acabar.

Yo tendría que decir hoy: Gracias a mi maestra Mimí por no haberse afiliado al SNTE.

 
 
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