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Cuando el PRI combatió
la corrupción
  Por Jesús Caudillo  
Aguascalientes, MÉXICO, a 04 de septiembre del 2010
 

Adolfo Ruiz Cortines rompió inmediatamente con Miguel Alemán Valdez, su antecesor. Poco después de que haber asumido el poder presidencial, hizo públicos los recursos y bienes patrimoniales que poseía, enviando un mensaje claro de honestidad y transparencia, muy contrarias a la práctica del gobierno anterior.

Así, obligó a sus colaboradores y a los 250 mil burócratas de la Administración Pública Federal a que hicieran lo mismo. Las declaraciones patrimoniales se verificarían al inicio y al final del sexenio. Los servidores públicos, era la consigna, no podrían beneficiarse del poder para satisfacer intereses y necesidades particulares.



El distanciamiento con Miguel Alemán y su forma de ejercer el poder era claro. Ruiz Cortines no aceptaría que en su administración se diera cabida a la corrupción y al despilfarro. Su compromiso quedó refrendado cuando, en el principio de su sexenio, pidió que cualquier pago para los contratistas del gobierno se detuviera, de modo que se pudiera verificar minuciosamente la veracidad de cada uno.

No obstante, a pesar de que Ruiz Cortines buscó superar la corrupción sistemática impuesta en el régimen anterior, su intención nunca fue transformar al aparato político ya imperante. Por el contrario, el presidente lo fortaleció, lo dotó de recursos y le garantizó su viabilidad. Con corrupción o sin ella, el sistema priísta habría de salir fortalecido.

Adolfo Ruiz Cortines comenzó su carrera política en el Departamento del Distrito Federal, cuando tenía 45 años. Al tener que lidiar con organizaciones de burócratas, logró desarrollar habilidades políticas como pocos. Las actividades propias de su cargo le permitieron conocer y hacerse de la amistad del entonces magistrado del Tribunal de Justicia, Miguel Alemán. Corrían los años treinta.

El presidente no viajaba en avión o coche. Su medio de transporte favorito era el tren. Sabía interpretar muy bien el papel que, entendía, la vida le había dado. Tenía claro que el suyo debía ser un mandato presidencial encaminado a consolidar el sistema construido y para cuidar la herencia que la revolución había otorgado.

El presidente era un cuidadoso del gasto público. Era un administrador, en toda la extensión del término. Se preocupó, entre otras cosas, porque la repartición de tierras no fuera arbitraria y se hiciera bajo la condición de progreso para el campo mexicano. En su agenda estuvo la necesidad de producir alimentos básicos e impulsó las obras de irrigación e infraestructura.

La disciplina en el manejo de las finanzas públicas logró que la devaluación de 1953 fuera la única registrada hasta ya entrados los años setenta. Ruiz Cortines tenía una visión de México y muchos de los proyectos y programas de gobierno que realizó se truncaron con la llegada de nuevas administraciones federales.

Ruiz Cortines también era un enamorado de las formas del régimen priísta. Era un cuidadoso de la “investidura presidencial”. Las ceremonias, liturgias y rituales, la “religión de la patria, como la llamó Justo Sierra, que enarboló el aparato político desde los tiempos del Porfiriato, fueron protegidos y promovidos por el mandatario.

“Incesantemente hemos pugnado por difundir en la conciencia cívica el culto permanente a los campeones de nuestra nacionalidad, de nuestras luchas libertarias y de nuestro beneficio colectivo. Es resolución inquebrantable del gobierno que en todo el país se acreciente dicho culto, al igual que el del símbolo patrio, la bandera nacional”.

Eran los tiempos en los que La Hora Nacional se convirtió en un programa referente para aglutinar a las familias que apenas habían comprado su primer aparato radiofónico. Ahí se narraban las gestas de muchos de los personajes liberales de la historia patria. Evidentemente el programa tenía un sesgo ideológico, cuyo objetivo era fortalecer la gran idea de México que se había construido hasta entonces.

 
 
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