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José de Jesús CastellanosJosé de Jesús Castellanos:Licenciado en Periodismo y Comunicación Colectiva. Periodista desde 1968. Maestría en Desarrollo Humano y Diplomado en Filosofía Política. Catedrático universitario. Participa en diversas organizaciones sociales.
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Y la Revolución Mexicana se hizo cultura
  Jorge Enrique Mújica
 
Aguascalientes, MÉXICO., a 09 de agosto, 2010

Al cierre del Siglo XX los mexicanos o al menos una gran mayoría, nos decíamos hastiados del sistema político surgido de la Revolución Mexicana y que durante tantos años gobernó en su nombre. Fueron setenta años efectivos, más el tiempo en que se fue gestando desde el momento en que Francisco I. Madero llamó a las armas para instaurar la democracia.

Hablando en términos médicos podríamos decir que la Revolución Mexicana es un genérico con distintos nombres comerciales y diversas aplicaciones. El primer ingrediente fue el de la democracia.

Al menos en nombre de ella se convocó a los mexicanos a levantarse en armas el 20 de noviembre de 1910. Un llamado con poco eco, pero con apoyo allende las fronteras del país, cuyo signo de los tiempos supo interpretar oportunamente Porfirio Díaz y optó por emprender la retirada, sabedor que contra los vientos del norte no era fácil oponerse.

Tras el golpe de Victoriano Huerta y en medio de un gobierno débil de Madero, siguió el estallido armado de las muchas revoluciones que se enfrentaban entre sí. No se trataba únicamente de derrocar a Huerta, ni siquiera de reivindicar a otros caudillos con dignidad y proyecto político. El único que ofrecía desde antes una propuesta coherente, era Venustiano Carranza, que se erigía en el respeto a la mancillada Constitución de 1857, pero que culminaría con la propuesta de cambiarla por otra, incumpliendo, con ello, su bandera original.

Pero, en realidad, la Revolución fue una lucha de facciones en busca de la preeminencia y el poder algunos de sus líderes, del botín otros y, por allí, agazapadas, algunas ideas de reivindicación social, impulsadas por intelectuales que buscaron en distintos caudillos la oportunidad de impulsarlas y que, luego, se llevarían al Congreso Constituyente.

Las revoluciones mexicanas -englobadas bajo amplio concepto de La Revolución Mexicana- que de manera sucesiva se producirían a partir de 1919 y que en cierta forma concluyen hasta 1929, reflejan lo que era y sigue siendo México: un mosaico de contradicciones, de flata de cohesión, de rivalidades y ambiciones, junto con ejemplos claros de nobleza, cultura, fe y sacrificio.

La Revolución Mexicana, cuyo centenario nos aprestamos a conmemorar, como si además del millón de muertos que arrogó tuviera grandes cambios significativos, provocó que a nombre de ella se edificara un edificio de simulaciones que sirvieron de justificación ideológica a un sistema de gobierno y suyo saldo final muestra grandes fallas precisamente en lo que dijo fincarse.

La Constitución de 1917 emanada de la Revolución se convocó porque, a pesar de su antecesora –como la actual nuestra- indicaba el camino para reformarse, esto no era suficiente para cambiarla. Una cosa es reformar y otra cambiar lo sustantivo de una Constitución. Para lo segundo se requiere convocar a un Congreso Constituyente con ese propósito. De allí que el fruto político más trascendente fue una Constitución que fue, sin duda, innovadora. Nos llena de orgullo haber sido la primera en incluir el constitucionalismo social con artículos innovadores como el 27 y el 123, inspirados de manera explícita en la Doctrina Social de la Iglesia Católica, y que, finalmente, quedaron en mera retórica e, incluso, fueron traicionados y modificados en su espíritu original. Antonio Díaz Soto y Gama, inspirador de la reforma agraria de Zapata, propuso que la tierra fuera para quien la trabajara, impulsando el ejido contra los poderosos, pero que derivó en cosecha amplia de votos y pobreza de los campesinos, como afirmara en su momento el secretario de Agricultura Oscar Bauer.

Del Artículo 123 también surgieron hermosas ideas, pero también del sindicalismo corporativista surgieron los cuadros de control del PRI y el sometimiento del movimiento obrero, con su formación de líderes y sindicatos ricos con trabajadores pobres, donde la justicia social se administró a cuenta gotas, particularmente por complicidad con políticas económicas empobrecedoras de los presidentes que se dijeron más revolucionarios.

Un análisis de fondo del Capítulo de las Garantías Individuales nos revela que en la práctica se interpretó como un medio de “concesión” de derechos y de limitación de los mismos, como fue el caso del Artículo 8º. o como el 27 y 28 Constitucionales creadores del Capítulo Económico de la Constitución, que otorgan más derechos al Estado que a los individuos.

También de antología fue el artículo 130 que junto con el laicismo del 3º. introdujeron a la Constitución el jacobinismo que en la década de los veintes provocó una persecución religiosa y que ha garantizado en las mentes de las nuevas generaciones una idea tergiversada de libertad religiosa, después de años de ser entendida como el dominio del Estrado sobre la Iglesia.

Después de cien años de Revolución, la ignorancia prevalece en México, a pesar de las pretensiones de Lázaro Cárdenas de lograr de que los niños educados por el Estado tuvieran una “concepción exacta del universo”. La ignorancia fue un factor clave de dominio político en el pasado y hoy es una carga que pesa sobre la nación y que con el control Sindical del Magisterio, concebido más como una fuerza política que como una vocación hacia la docencia, nos mantiene en el atraso mientras otras naciones avanzan a pasos agigantados.

De democracia ni hablemos. Durante setenta años se vivió una monarquía sexenal hereditaria, donde el vínculo de la sangre real era un partido, y los demás mexicanos éramos los siervos. El deseo de enterrar la vida democrática de México se manifestó apenas impresa la Constitución. El asesinato del Presidente Carranza, el control del Grupo Sonora, las muertes de los precandidatos durante la sucesión de Calles y la reforma de la Constitución para restablecer la reelección, con dedicatoria a Álvaro Obregón, más lo que sucedería en los siguientes años, fueron muestra clara de la poca vocación democrática del sistema.

Fue la tenacidad de algunos creyentes en la democracia y las divisiones internas del PRI lo que permitió una alternancia en el poder al concluir el Siglo XX. Sin embargo, las herencias del pasado no han muerto. Dos alternancias presidenciales no han hecho verano. Los fraudes patentes en elecciones estatales donde se mantienen triunfos del cien por ciento como en Oaxaca o Puebla, nos indican que los hijos de la Revolución, conocidos como Dinosaurios por algunos, siguen vivos, y en un descuido se comen a los ingenuos que ocupando nuevos cargos políticos creen que ya se instauró la democracia en México, cuando falta mucho para que los malos hábitos del siglo pasado, conocidos bajo el otro genérico global de “Corrupción”, son ya un hecho inoculado en muchos mexicanos y en la mayoría de los políticos, salvo raras excepciones, independientemente del color de sus escudos y los programas que ofrecen al pueblo.

La anhelada transición no radica, simplemente, en que unos cambien de puestos con otros. Lo esperado es que los otros que lleguen, cambien la cultura que heredamos de aquellos años y eso todavía no ocurre, ni vemos que vaya en camino de darse. Y es que, si hemos de ser sinceros, no serán las autoridades las que lo consigan, sino que ésta será una tarea para la sociedad, en tanto se de cuenta del mal que la aqueja y esté dispuesta a combatirla. En lograrlo consistirá la verdadera transición.

 

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