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Opinión

 

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José Luis Reyna López: Maestro en Derecho y profesor de Derecho Constitucional


 
 
 
 
 
 
     
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Voto Nulo
 
  José Luis Reyna López
 

ppreyna1@yahoo.es

 

Aguascalientes, MÉXICO., a 30 de junio del 2009

 
  • Hemos enfatizado sólo en que es derecho, pero votar es también un deber
  • Llamar a no votar es mantener el “estatu quo” de los partidos
  • Votar es apenas la primera etapa e la participación
 

A pesar de que una vez que se ingresa al Estado constitucional se tienen ciertos candados que no permiten salir de éste, tenemos fenómenos, como es el voto nulo, que muestra rebeldía frente al Estado, porque es el sufragio o voto uno de los instrumentos para la conducción de un Estado demo-liberal-burgués.

En las democracias representativas, el voto hace posible saber cuál es la dirección que habrá de tomarse, siempre dentro de los límites que marca el Estado constitucional.

El sistema de partidos es uno de esos límites, al margen de discutir si funcionan o no, si nos gustan o no, o si los queremos o no, ya que la democracia de identidad ha quedado muy atrás en el tiempo y es francamente inoperable en estos días. Son los partidos los que articulan y monopolizan la vida electoral, además de las autoridades en materia electoral que completan el cuadro operativo como el IFE o los Institutos Estatales electorales y tribunales de jurisdicción electoral ya sea federal o local.

Los únicos entes facultados para proponer candidatos son, de acuerdo al artículo 41 de nuestra Constitución, los partidos políticos y eventualmente con procedimientos inusuales las instituciones electorales que no siendo partidos, son autoridad y que con procedimientos no muy frecuentes establecen quién o quiénes serán candidatos; el procedimiento frecuente y usual de proponer candidatos es único y exclusivo de los Partidos Políticos.

Cuando alguien propone que no se acuda a votar, se encuentra en clara contradicción con el sistema electoral y por ende al Estado democrático.

Votar es un derecho, si… pero tambiÉn es obligaciÓn

La confusión en la que ha caído el voto, como un derecho y obligación a la vez, hace posible que se crea que se tiene la facultad o el derecho de ir a votar o no, siendo que es también una obligación. Si bien el incumplimiento no tiene una sanción clara, sigue siendo una obligación, esto es, el que propone el abstencionismo, incluso, podría incurrir en alguna de las faltas establecidas para los que obstaculizan la buena circulación, articulación y vida democrática de un Estado.

Cuando se les pregunta a los ciudadanos, ¿qué es el voto? mayoritariamente contestan que es un derecho y como tal asumimos que tenemos una facultad, facultad mía, y como facultad potestativa, hace viable ejercerla o no, siendo claro que la acepción de facultad ha sido tergiversada, pues en un principio se presenta como facultad o derecho sujeto de protección, de posibles ataques, privaciones o molestias por parte de los poderes formales o fácticos interesados en minimizar o atenuar los efectos de un sufragio efectivo.

En lo relativo al voto nulo, tenemos que advertir, que si bien en un principio y en sintonía con la autonomía de la voluntad enarbolada, tutelada y fomentada por el espíritu liberal, sería no sólo viable sino hasta permisible que se “cumpla” con la obligación de votar en blanco o tachando todos los espacios visibles con el ánimo de anular el voto, como símbolo de rebeldía y para mostrar la inconformidad que se tiene frente a la clase política del país y como franco rechazo a los rumbos que ha tomado la nación con o sin nuestro permiso.

El voto nulo sÓLO beneficia a los partidos “grandes”

No existe nada más falaz que dicha acción, que entraña en principio un perverso fin que es el de, paradójicamente, beneficiar al estatus quo adquirido por los partidos y sobre todo los partidos grandes que frente a los partidos emergentes, ávidos de votos nuevos o indecisos, ganan terreno con su voto duro, que incuestionablemente no se deja llevar fácilmente por la invitación de “votar nulo”. Son los partidos pequeños los que invariablemente pagarán las consecuencias pues la posibilidad de obtener algún voto indeciso o nuevo se desvanece.

Tenemos pasajes históricos donde, contradictoriamente, la participación copiosa no dice nada. ¿A quién beneficia que se participe y que no se diga nada?, pues naturalmente a los que como botín de guerra han vivido de las dádivas de un sistema político muy laxo en sus regaños y muy dispendioso en sus premios, en donde aprovechando la apatía de la ciudadanía hacen de las suyas a manos llenas.

Nada más falso y falaz que el voto nulo. La obligación del sistema democrático, que no es lo mismo que clase política, es el decir algo, no solamente ir a votar en blanco; no se cumple así, se cumple expresando algo y el que calla, en derecho, no otorga; el que calla, en derecho, no dice nada. Hay que decir algo, siempre para bien o para mal, pero hay que decir, no dejarse ir por las perversas mentes maquiavélicas que buscan “protestar” con el voto nulo. La obligación es votar, este acto entraña expresar algo.

Dejar la apatÍa y acudir a votar

La invitación es a dejar la apatía y participar. Existe la idea generalizada de que participar, electoralmente, se reduce a ir a votar. Una vez realizado dicho acto, nos desentendemos porque ya hemos “decidido” a favor de alguien y nos sentimos satisfechos de haber cumplido íntegramente nuestra obligación. Nada más cómodo e inaceptable. Por entero se cumple cuando dejamos la comodidad y autocomplacencia y/o catarsis de lo que pasa como culpa de otros, pero nunca nuestra. Cabalmente se cumple cuando nos responsabilizamos de nuestras acciones y omisiones, cuando dejamos esa pesadumbre cultural que nos aplasta y no nos permite conducir nuestro propio destino, cuando se deja de ser pobre culturalmente hablando y sobre todo, cuando se deja de ser, como reza el viejo refrán “desobligado en el gasto y delicado en la honra”.

 
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