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Educar sólo con terrones de azúcar
no siempre es eficaz
  • Es indispensable que les fijemos límites
  • Primero,  reforzar el cariño
  • Labor conjunta de padre y madre
Aguascalientes, MÉXICO a 26 de agosto, 2009

 
 
 
 
 
     
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Por Carlos Fonz
 

Tenemos entre  nuestros amigos  de hace años  a un matrimonio que estimamos mucho. Ella es un encanto de mujer en el sentido de que tiene un carácter dulce, pocas veces se altera, es comprensiva, cariñosa y todo lo que puede buscar un hombre en su esposa o lo que un hijo espera de su madre.  Cuando nos reunimos varios matrimonios a cenar o a convivir un rato, les hacemos bromas diciendo que él, más que con una mujer, se casó con un terrón de azúcar.

La familia ha funcionado sin contratiempos… hasta hace algunos meses en que el mayor de los hijos entró de lleno a la adolescencia y con ello comenzaron algunas dificultades, afortunadamente pequeñas porque el chaval no hace grandes estropicios, pero el asunto comienza a preocupar y a causar ciertas divergencias entre el matrimonio.

Algo no está funcionando con el hijo adolescente

El ha sido siempre muy respetuoso con los hijos y no ha querido ser  el ogro que llega del trabajo para regañar, llamar la atención o imponer castigos, así que ha delegado buena parte de la educación en la esposa. Pero definitivamente algo no está funcionando, porque el mayor de los hijos tiene una inquietud desbordada que parece haberlo transformado en cuestión de meses: ha bajado en rendimiento escolar, se ha vuelto un tanto rebelde y a veces hasta respondón, irresponsable y peleonero con los hermanos.

Hace unos días, mi amigo me invitó a tomar una copa porque quería comentarme que no haya qué hacer ante el problema que se agudiza cada día; no quiere ni puede cambiar de pronto la manera en que se ha manejado con los hijos, no quiere desautorizar a su esposa ante ellos, pero algo debe  hacer antes de que las cosas lleguen a más.

Frente a dos cervezas y unos bocadillos, repasamos algunas ideas en torno a la educación de los hijos y lo primero fue que es fundamental el cariño, ya que en una familia no es posible educar y formar si antes no se acrecienta cada día el cariño que se tienen. Pero también hablamos de la necesidad de que los hijos conozcan que hay límites que no se pueden traspasar impunemente.

Marcar límites no es simple autoritarismo

Fijar límites no es simplemente ser rígidos y establecer en casa un régimen militarista o  autoritario. Pero es importante que todos conozcamos la importancia de aceptar y respetar los límites, ya que nuestra sociedad está llena de ellos. Por ejemplo, si nuestra conversación fuera tan ruidosa y causara escándalo en el restaurante, de seguro que un empleado o el gerente del lugar llegarían discretamente a llamarnos la atención y en caso de no obedecer, nos pedirían abandonar el lugar. Pero eso no es una imposición de ellos, sino una falta de nosotros a las reglas, los límites que marca la convivencia social.

No puedo tomar más copas de las razonables  porque excedería mi límite y expondría de manera irresponsable a los demás conductores y peatones. Y si me excedo, la autoridad tiene  todo el derecho de sancionarme. A nadie en su sano juicio se le ocurriría decir que esa autoridad sería dictatorial, ya que para vivir en sociedad  hay que respetar los límites.

Todos estamos sujetos a límites

No puedo excederme y  firmar un cheque por una cantidad superior al saldo de mi cuenta, y si lo hago sería  penalizado con una sanción económica que me aplica el banco. No es que el banquero sea un desconsiderado, sino que causé molestias y daños a otras personas y al banco, y eso se penaliza.

Estamos tan  acostumbrados a los límites que de inmediato extrañamos y nos sentimos inseguros cuando no los hay. A todos nos ha sucedido que al viajar por alguna carretera recién pavimentada en la que aún no se marcan las rayas que dividen los carriles, da una sensación de inseguridad y temor pues algún conductor pudiera despistarse, invadir otro carril y provocar un accidente.

Pues a los hijos les pasa lo mismo. Cuando se dan cuenta de que sus padres no marcan límites, o no pasa nada si se rebasan, caen en un desconcierto total. Desde luego que no se trata de estar como un auditor fiscal detrás de los hijos para sorprenderlos en cualquier desviación de la norma, pero tampoco podemos confundir la dulzura y el cariño con la ausencia de autoridad.

Hay que establecer límites razonables en la hora de llegada de los hijos y hay que sancionar razonablemente cuando no se ajustan a esos límites. Es imposible hablar de las sanciones específicas, ya que en cada caso serán distintas, pero siempre deben ser proporcionadas a la falta y aplicarse con firmeza y con cariño al mismo tiempo.

La receta infalible: querer para corregir

La receta de oro la escuché de un sacerdote que ahora es santo y santo de altar. Decía que con los hijos hay que hacer como hace el artesano con el hierro: para moldearlo, primero lo calienta al rojo vivo y luego lo forja con presión y hasta con golpes.

Por supuesto que no recomiendo golpear a los hijos. Primero hay que encenderlos con el cariño paterno y materno a toda prueba que busca que esos hijos sean mejores cada día. Y para concretar esa mejora  hay que forjar su carácter y ayudarles a mejorar sus actitudes con firmeza. El equivalente a los golpes del herrero sería el marcar y respetar límites, aunque no les gustan o que les desagradan.

Y si esa medicina amarga se envuelve en una capa de azúcar, pues mejor que mejor. Pero debe ir la medicina. El azúcar será dulce, pero no siempre corrige ni cura.

Marcar límites a los hijos no es malo. Malo sería que no los tuvieran en casa, ya que en la vida se van a encontrar con ellos: en la escuela, en la universidad, en el trabajo, en la convivencia diaria, en el deporte.

No habíamos terminado la cerveza cuando mi amigo estaba  ya convencido de apoyar a su “terrón de azúcar” a entender que es labor de los padres marcar ciertos límites a los hijos y hacer que se respeten.

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