Algo insólito sucede en el planeta pues hasta los ricos y poderosos del mundo se ponen a sufrir.
Hasta hace unos meses, los ricos de abolengo en el planeta y los nuevos ricos se ufanaban de adquirir propiedades en el paraíso del Medio Oriente: los Emiratos Árabes. Los proyectos más insospechados, audaces en su planteamiento, refinados en su diseño y lujosos hasta la exageración eran arrebatados de las manos de los promotores por una sociedad ávida de pertenecer al jet set inmobiliario global.
En ese esquema no eras nadie si no tenías una o varias propiedades en los emiratos. Y los proyectos eran cada vez más audaces: ganar terreno al mar, diseñar fraccionamientos en forma de palmeras en lo que era lecho marino, los edificios más altos y lujosos del mundo, áreas financieras completas con capacidad de albergar a decenas de miles de personas y ser autosustentables en materia de energía y de clima.
Pero la crisis no respeta y se atreve a atacar hasta a los ricos. Esta semana, la prensa y medios electrónicos europeos hablan de que Dubai está al borde de la quiebra ante la devolución de préstamos que le exigen algunos de los bancos internacionales.
Al parecer, la bonanza casi nunca es eterna. Hace algunos meses fuimos testigos de la debacle de Islandia, el país donde se vendían más autos de lujo por habitante en el planeta y ahora hundida en la desesperación y el endeudamiento.
Y al parecer ahora viene el turno de Dubai: los excesos terminan pagándose. Especialmente cuando el precio del petróleo se estanca por una temporada.
Está visto que … los ricos también lloran (en ocasiones).
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