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Incongruencia entre el discurso y el entorno
Educación para la paz
 

Petra Llamas García
petrallamasgarcia@hotmail.com
Twitter: @petrallamas

 
Aguascalientes, MÉXICO, a 07 de diciembre del 2011

La Asamblea General de las Naciones Unidas proclamó el año 2000, como el “Año Internacional de la cultura de paz” y el período 2001-2010 como el “Decenio Internacional de una cultura de paz y no violencia para los niños del mundo”. La UNESCO fue designada organismo rector del decenio. En ese entonces, un grupo de Premios Nóbel de la Paz diseñaron la Agenda para una Cultura de Paz conocida como el Manifiesto 2000. Los principios centrales del manifiesto fueron: (1) Respetar la dignidad de todas las vidas, sin discriminación ni prejuicio; (2) Rechazar la violencia en todas sus formas y manifestaciones, practicando la no violencia activa; (3) Liberar la generosidad, a fin de terminar con la exclusión, la injusticia y la opresión; (4) Escuchar para comprenderse - desde la diversidad - privilegiando el diálogo; (5) Preservar el planeta, mediante un consumo responsable y un crecimiento sostenible; y, (6) Reinventar la solidaridad humana en todas sus dimensiones, incluyendo la creación de nuevas formas de compartir los principios democráticos. Hermosos principios que, de seguirse, conformarían sin duda a una sociedad más justa y libre de violencia.

El Decenio Internacional de una cultura de paz y no violencia para los niños del mundo 2001-2010 terminó hace un año y México fue uno de los países que la firmó, sin embargo, la educación mexicana sigue teniendo ese trabajo pendiente con los niños y jóvenes en todas las escuelas del país. También es cierto que no es una tarea que le corresponda única y exclusivamente a la escuela, sino que debe trabajarse en diferentes contextos, como son la familia, el gobierno, los medios masivos de comunicación, el internet y toda la sociedad en general, pero la tarea sigue pendiente y no parece haber logros significativos en este empeño.

Curiosamente, en estos últimos días, varias telenovelas en diferentes horarios, han coincidido en un mismo tema, lo cual no es raro puesto que siempre manejan idénticos contenidos, abordados de diferente manera. Sin embargo, la coincidencia principal era que en todas ellas, alguno de los personajes tenía una serie de conflictos con otros personajes y la única forma de solucionarlo era matándolos. En este grupo de telenovelas, la coincidencia también incluía una serie histórica, donde la constante de los héroes de la Revolución era la traición y el asesinato para lograr el poder a toda costa -pero esto es historia y no puede modificarse-. Los cortes comerciales le quitaban ese ritmo macabro a la trama y nos recordaban la felicidad que supone consumir. En otras ocasiones, las interrupciones no eran tan gratas y ese clima de traición, violencia y muerte de las telenovelas se veía reforzado por breves noticias sobre enfrentamientos, actuaciones del crimen organizado o  sobre los “cuerpos” sin vida encontrados en avenidas de grandes ciudades. Es decir, historias ficticias y violentas, interrumpidas por historias reales y violentas.

Los medios de comunicación, en especial la TV, tienen una gran capacidad para “educar” y transmitir la “cultura”, llegan a muchos lugares donde la gente recibe los mensajes sin que su cerebro haga el más mínimo esfuerzo por analizarlos o reflexionar sobre ellos. El hecho es que tanta violencia acaba por volver a las personas, insensibles al dolor y a la tragedia ajena; sin contar con los malos ejemplos que proporciona. Cada vez que los encargados de la mercadotecnia tengan la tentación de agregarle violencia, sexo, drogas, corrupción y muerte a un programa televisivo, para aumentar audiencia y ventas, deberían reflexionar primero  sobre el impacto que dicho contenido puede ocasionar en la sociedad, sobre todo en las personas más vulnerables y con menos recursos intelectuales para discernir. Nada hay más peligroso que mezclar la ignorancia con unos medios de comunicación orientados al lucro.

Los medios tienen una responsabilidad social que no pueden eludir. No es suficiente crear fundaciones, proporcionar espacios para labores sociales o emitir mensajes sobre valores. Mientras no cuiden los contenidos, la educación para una la cultura de paz seguirá nadando a contracorriente sin  demasiado éxito en sus objetivos y poco se avanzará en la construcción de una ciudadanía menos violenta. Desde luego que los medios no son los únicos que transmiten consignas contradictorias y erráticas, pero también es verdad que son el vehículo más directo y el que mayor impacto tiene en la población. Es en este panorama, con mensajes cargados de violencia en las familias, gobierno, programas de TV y en toda la sociedad,  donde las escuelas se esfuerzan por enseñar a los niños y jóvenes que la mejor manera de solucionar un conflicto debe ser a través del diálogo y jamás con violencia.

Según la UNESCO: “Edificar una cultura de paz significa modificar las actitudes, las creencias y los com­porta­mientos - desde las situaciones de la vida cotidiana hasta las negocia­ciones de alto nivel entre países - de modo que nuestra respuesta natural a los conflictos sea no violenta y que nuestras reacciones instintivas se orienten hacia la negociación y el ra­zonamiento, y no hacia la agresión” Sin embargo estamos ante una clara situación de incongruencia entre el hermoso discurso del “Manifiesto 2000”, las asignaturas que para tal fin se diseñaron en el sistema educativo mexicano y esa práctica, cada vez más difícil de concretar, en un entorno que no favorece la educación para la paz y la no violencia.

 
 
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